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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

 

    

 

La santa Inés

Por: Laura Victoria Polanco Echeverry.
 Natalia Beltran Garcia. 
Maria Fernanda Alzamora Maecha. 
Nicolás Mora Quintero.
 

 

Sinopsis: En el 20 de julio el choque de culturas se funde con la religión. Inés acompañada del niño Dios y el negro Felipe, le lee la mano a un joven al que le transformará su vida.

 

La mañana aún no define su carácter, el aire frío golpea con crudeza unos ojos redondos y firmes que no quieren parpadear, finalmente, se quiebran con el tiempo, con imágenes lejanas que Inés sentada en la puerta de la iglesia, desde su ingenuidad, intenta descifrar, se imagina tierras lejanas, colores exquisitos, lenguas extrañas y mujeres que sonríen y danzan a pesar de la precariedad. El olor a incienso que emana de los tarros de quien viste de blanco, le obliga a rascarse la nariz, el humo claro y denso nubla su rostro y sus sentidos se pierden dentro de la multitud de personas que devotas, entran por uno de los arcos a pedir sus respectivos milagros.  Poco a poco los feligreses llenan la plaza, Inés los observa y agita con sus manos un tarro vacío que apenas contiene unas pocas monedas del día de ayer. De su apariencia se despliegan raíces, orígenes de una procedencia misteriosa y legendaria, un pedazo de Hungría se levanta sobre el lugar, no sabemos si por su ropa colorida o su aspecto tan peculiar, el caso es que llama la atención de algunos, o de muchos, no se sabe si la observan con miedo o con pesar.

De su aura emergen dos presencias inmaculadas, por un lado, y aferrado a una de sus piernas, está el niño dios, sonriente y cubierto por un traje desgastado y roto color rosa, por el otro lado, un turbante rojo se alza tres cabezas por encima de ella y con la mirada sostenida al cielo y los brazos cruzados, es el negro Felipe quien la custodia. “Gitanita, camine pa’ la plaza, le conviene” “ay negro, no sea verriondo y déjeme quieta” “camine gitana, ¿cuándo le he fallado?” “Bueno, camine pues, sumercé si jode”. La gitana hace una mueca que deja entrever su diente negro mientras camina con esfuerzo, el Divino niño se les adelanta apresurado sin decir una sola palabra. Las pomadas de marihuana y coca se les atraviesan por el camino, mientras que el río de gente les entorpece su destino, el vapor de las aromáticas trazas una ruta alterna en medio de los escapularios y las velas que aún no han sido encendidas, las alpargatas miniaturas llaman la atención de la gitana: “vea negro, pa’ el niño dios, le quedarían perfectas”. El hambre empieza a hacerse notar y el aroma que se eleva del aceite hirviendo de los chicharrones, atraviesa sus fosas con dolor, no ha leído una sola mano en lo que lleva del día, el negro Felipe la conoce tan bien que no puede dejar de sentir empatía por cada una de las expresiones que manifiesta su rostro, y decidido, le señala un grupo de jóvenes que frente a la iglesia parecen estar buscando historias para contar.

Los niños juegan en la plaza principal con una pelota azul, el niño dios camina en medio de ellos y sigilosamente, de una patada, la envía directamente hacia los jóvenes que se encuentran a puertas de la iglesia. La pelota golpea los pies del más alto y flaco de ellos, quien inmediatamente cruza miradas con la gitana que decidida desde lejos, camina hacia él. “Ya no me diga qué hacer negro que yo ya sé, aquí fue”, ella sabe que no hay pierde, pues a los jóvenes les encanta escuchar certezas que se esfuman en sus manos: “le leo la mano, flaco, son solo 2000 pesitos”, el joven abre su mano derecha y ella antes de que la diosa fortuna le dé la espalda, la agarra con firmeza. En ese momento siente algo que nunca en su vida había sentido, las nubes comenzaron a moverse rápidamente y las llamas del centro de la plaza se desplomaron coordinadas al instante. El niño y el negro la dejaron de custodiar y rodearon al muchacho, la gitana sintió miedo y un frío cruel se le caló en sus tuétanos, quiso por un instante atribuírselo a su enfermedad. “¿negrito usted está viendo lo mismo que yo?, no me hagan esto muchachos yo los necesito” el negrito asiente, y ella entiende que el pelao no tiene ni idea de la vida que le espera: “ay ¿llegó mi hora, verdad?”.

El flaco concentró su mirada sobre las líneas de su mano y vio en estas, imágenes de mujeres desconocidas en medio de montañas, vio a su madre y a su abuela y a la madre de su abuela, pensó en leguas extrañas y de inmediato   la cerró rápidamente y le pidió que no le dijera nada que lo pudiera dañar, la gitana lo agarró de su hombro y le sonrió. En ese pequeño lapso de tiempo el cielo se quebró y la luz comenzó a chorrearse en una sola dirección sobre la gitana, quien con su piel pálida    yacía ya en el piso inmóvil y en paz. ¡Ayuda,ayuda, ayuda¡. La cruz roja se hace presente y los más devotos unen sus oraciones fervorosamente en busca de un milagro que le permita a la mujer sanar, un padre atravesando los cantos y plegarias pone una cruz sobre el pecho de la anciana y comienza en silencio a orar, alguien se acerca y en sus manos le amarra un escapulario verde, de repente la gitana da un suspiro profundo y de un solo golpe queda sentada. ¡aleluya, aleluya, aleluya sea el señor! Inés piensa realmente que su enfermedad se ha ido, porque ella cree y tiene fe en el divino niño y en el negro Felipe.

El flaco siente un dolor intenso en la cabeza y con sus manos intenta apaciguarlo, pero se sorprende al ver en cada una de sus manos un mechón de pelo que por más que busca explicarlos se escapa de su razón, ¡ahhhhhhhh!… Los vendedores de agüeros regalan palos santos para que sean movidos como maracas, una mujer le ofrece granos de mostaza, los comerciantes planean en silencio sus futuros productos, el cura aprovecha la última misa para contar el milagro de Inés, ella agita su tarro vacío que milagrosamente poco a poco se va llenando de monedas, mientras a lo lejos el negro Felipe y el niño dios se pierden en el horizonte escoltando una escueta figura que tras su paso deja un aló añejo de juventud.

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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 

 

    

 

La santa Inés

Por: Laura Victoria Polanco Echeverry.
 Natalia Beltran Garcia. 
Maria Fernanda Alzamora Maecha. 
Nicolás Mora Quintero.
 

 

Sinopsis: En el 20 de julio el choque de culturas se funde con la religión. Inés acompañada del niño Dios y el negro Felipe, le lee la mano a un joven al que le transformará su vida.

 

La mañana aún no define su carácter, el aire frío golpea con crudeza unos ojos redondos y firmes que no quieren parpadear, finalmente, se quiebran con el tiempo, con imágenes lejanas que Inés sentada en la puerta de la iglesia, desde su ingenuidad, intenta descifrar, se imagina tierras lejanas, colores exquisitos, lenguas extrañas y mujeres que sonríen y danzan a pesar de la precariedad. El olor a incienso que emana de los tarros de quien viste de blanco, le obliga a rascarse la nariz, el humo claro y denso nubla su rostro y sus sentidos se pierden dentro de la multitud de personas que devotas, entran por uno de los arcos a pedir sus respectivos milagros.  Poco a poco los feligreses llenan la plaza, Inés los observa y agita con sus manos un tarro vacío que apenas contiene unas pocas monedas del día de ayer. De su apariencia se despliegan raíces, orígenes de una procedencia misteriosa y legendaria, un pedazo de Hungría se levanta sobre el lugar, no sabemos si por su ropa colorida o su aspecto tan peculiar, el caso es que llama la atención de algunos, o de muchos, no se sabe si la observan con miedo o con pesar.

De su aura emergen dos presencias inmaculadas, por un lado, y aferrado a una de sus piernas, está el niño dios, sonriente y cubierto por un traje desgastado y roto color rosa, por el otro lado, un turbante rojo se alza tres cabezas por encima de ella y con la mirada sostenida al cielo y los brazos cruzados, es el negro Felipe quien la custodia. “Gitanita, camine pa’ la plaza, le conviene” “ay negro, no sea verriondo y déjeme quieta” “camine gitana, ¿cuándo le he fallado?” “Bueno, camine pues, sumercé si jode”. La gitana hace una mueca que deja entrever su diente negro mientras camina con esfuerzo, el Divino niño se les adelanta apresurado sin decir una sola palabra. Las pomadas de marihuana y coca se les atraviesan por el camino, mientras que el río de gente les entorpece su destino, el vapor de las aromáticas trazas una ruta alterna en medio de los escapularios y las velas que aún no han sido encendidas, las alpargatas miniaturas llaman la atención de la gitana: “vea negro, pa’ el niño dios, le quedarían perfectas”. El hambre empieza a hacerse notar y el aroma que se eleva del aceite hirviendo de los chicharrones, atraviesa sus fosas con dolor, no ha leído una sola mano en lo que lleva del día, el negro Felipe la conoce tan bien que no puede dejar de sentir empatía por cada una de las expresiones que manifiesta su rostro, y decidido, le señala un grupo de jóvenes que frente a la iglesia parecen estar buscando historias para contar.

Los niños juegan en la plaza principal con una pelota azul, el niño dios camina en medio de ellos y sigilosamente, de una patada, la envía directamente hacia los jóvenes que se encuentran a puertas de la iglesia. La pelota golpea los pies del más alto y flaco de ellos, quien inmediatamente cruza miradas con la gitana que decidida desde lejos, camina hacia él. “Ya no me diga qué hacer negro que yo ya sé, aquí fue”, ella sabe que no hay pierde, pues a los jóvenes les encanta escuchar certezas que se esfuman en sus manos: “le leo la mano, flaco, son solo 2000 pesitos”, el joven abre su mano derecha y ella antes de que la diosa fortuna le dé la espalda, la agarra con firmeza. En ese momento siente algo que nunca en su vida había sentido, las nubes comenzaron a moverse rápidamente y las llamas del centro de la plaza se desplomaron coordinadas al instante. El niño y el negro la dejaron de custodiar y rodearon al muchacho, la gitana sintió miedo y un frío cruel se le caló en sus tuétanos, quiso por un instante atribuírselo a su enfermedad. “¿negrito usted está viendo lo mismo que yo?, no me hagan esto muchachos yo los necesito” el negrito asiente, y ella entiende que el pelao no tiene ni idea de la vida que le espera: “ay ¿llegó mi hora, verdad?”.

El flaco concentró su mirada sobre las líneas de su mano y vio en estas, imágenes de mujeres desconocidas en medio de montañas, vio a su madre y a su abuela y a la madre de su abuela, pensó en leguas extrañas y de inmediato   la cerró rápidamente y le pidió que no le dijera nada que lo pudiera dañar, la gitana lo agarró de su hombro y le sonrió. En ese pequeño lapso de tiempo el cielo se quebró y la luz comenzó a chorrearse en una sola dirección sobre la gitana, quien con su piel pálida    yacía ya en el piso inmóvil y en paz. ¡Ayuda,ayuda, ayuda¡. La cruz roja se hace presente y los más devotos unen sus oraciones fervorosamente en busca de un milagro que le permita a la mujer sanar, un padre atravesando los cantos y plegarias pone una cruz sobre el pecho de la anciana y comienza en silencio a orar, alguien se acerca y en sus manos le amarra un escapulario verde, de repente la gitana da un suspiro profundo y de un solo golpe queda sentada. ¡aleluya, aleluya, aleluya sea el señor! Inés piensa realmente que su enfermedad se ha ido, porque ella cree y tiene fe en el divino niño y en el negro Felipe.

El flaco siente un dolor intenso en la cabeza y con sus manos intenta apaciguarlo, pero se sorprende al ver en cada una de sus manos un mechón de pelo que por más que busca explicarlos se escapa de su razón, ¡ahhhhhhhh!… Los vendedores de agüeros regalan palos santos para que sean movidos como maracas, una mujer le ofrece granos de mostaza, los comerciantes planean en silencio sus futuros productos, el cura aprovecha la última misa para contar el milagro de Inés, ella agita su tarro vacío que milagrosamente poco a poco se va llenando de monedas, mientras a lo lejos el negro Felipe y el niño dios se pierden en el horizonte escoltando una escueta figura que tras su paso deja un aló añejo de juventud.

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