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La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

VIVIR AL LADO DE UN CEMENTERIO PUEDE SER UNA ELECCIÓN

 

Por: Nicolás Mora Quintero. 
Maria Fernanda Alzamora Maecha. 
 Nicolas Rincón Ortiz.
Natalia Beltran Garcia. 
 Maria Fernanda Alzamora Maecha.

Laura Victoria Polanco Echeverry.

 

 

Sinopsis: En Soacha, don Santiago revive la nostalgia de su amor perdido recordando a su morenita dulce panela,  mientras come almojábanas y toma avena en el negocio de doña Blanca, al ritmo del bolero del 67.

 

El viento tiembla zarandeado por las flechas de luz que caen del cielo. Doña Blanca surca la plaza con el dorso seguro e inmune, levanta la cortina de acero y descubre las vitrinas vacías de su negocio, dispuestas para esas fresquitas almojábanas de maíz que lleva cargadas como un tesoro. En eso, por la Octava, llega quien posee la mejor técnica en todo el pueblo para ajustarse el cinturón; dos a la derecha y uno contundente a la izquierda, es el viejo don Santiago. Hay que tener los pantalones bien puestos ¿sí o no doña Blanca?. ¡Don Santiago! Ese milagro verlo tan temprano. Pues doña Blanca, a la pecosa se le dio dizque por hacer un sahumerio, entonces salió pa’ la plaza a conseguir eucalipto, y de paso me sacó. Jum, y es que así es el orden por estos lados, unos cocinan y unos planchan, unas camellan y otras limpian, o todos en la cama o todos en el piso. Aquí nadie se queda rascándose el ombligo, desde los quince o menos, con tenis o botas de caucho, vendiendo calcomanías u organizando guayabas en el mercado. Todos se ganan la vida bajo el sol, protegidos con atemporales sombreros o gorras de visera plana. Me regala una avenita me hace el favor, que si ya le perdí la cuenta a mis primaveras, mejor no descuido las costumbres. Don Santiago, se me puso arrosudo. No me suelte la lengua mija que la madrugada me tiene amanerao.

 

El viejo suelta un viento seco por la nariz, el cual se disipa en la vibrante mañana, tal vez, así de agitada por el eco de antiguas arengas, esas del churco Galán, cuya sangre invisible, aún parece reflejar su escarlata en fechas como estas; o de pronto algunas más añejas, quizás, esos sonidos indígenas de la fortaleza, que por siglos se elevaba en lugar de estos ladrillos. Quién sabe, por ahora lo cierto es que hoy es 9 de febrero. Una fecha contradictoria, tanto para nuestro arrugado Don Santiago, como para el resto de sus paisanos. Por ello, dentro del saco encaleta su fiel pañuelo y se rasca los ojos. Ve cómo avanza el día, ve con paciencia el paso del sol a unos metros, burbujas libertinas escalan el aire huyendo de la inocencia, los tamales ya se acabaron, a la izquierda, Don Eladio come obleas bañadas de mora, indiferente al par de policías que examinan su carpa de minutos, los restaurantes ya exhiben orgullosos los imponentes chicharrores junto a las mojarras asadas, en el mercadillo, los mechudos ofrecen sus gangas. Al frente, se ve una bailarina, dando giros con volantes en la mano, y al costado derecho, ocupa su lugar Doña Helena, difundida entre crucifijos y virgencitas que vende a puertas de la iglesia. Iglesia que, parece estar preparada para la famosa “misa patas arriba” con sus pintorescas sillas apuntando al techo. Porque, como ya mencionamos, este día es especial, lo es desde 1967.

 

¡Ay! Mire Don Santiago, me mandaron serenata. Le bromea doña Blanca al escuchar cómo se acercan “Los Espuma”, tradicional dueto de guitarras, que llega derramando su bolero. También le hacen memoria a la mañana, entonando ese soneto preciso y valioso, cuyos versos cantan:

 

Ay 9 del 67 los ojos del chico abriste y el alma le cerraste.

Cuando salía a caminar el rey Sol por la sabana.

Vio aquellos jovencitos de la mano despertando.

Quién iba pensar que una noche les bastara.

Pa’ dormir frente a la iglesia, esperando el matrimonio.

 

Él es blando y caballero, ella morena dulce de panela.

No esperaban un romance, pero ah qué inevitable.

Que esa mujercita, de alma muisca luchadora.

Los sentidos del Suachuno, sin reparo enamoraran.

Ay 9 del 67, preguntamos desolados ¿por qué te la llevaste?

 

Así fue señoras y señores, cruel es la tragedia.

Con las primeras campanadas, los amantes se sonrieron.

Más un segundo luego, un violento terremoto las caricias les borró.

En los brazos del Suachuno, su amada se desvaneció.

El blando caballero, no pudo más que abandonarla.

 

Dura elección, vivir desalmado, o morir junto a su amor.

Hoy el pueblo celebra los que partieron y los que no.

Murmurando que en sus calles, vaga un hombre adolorido.

Un hombre con la manía de acomodarse el cinturón.  

 

Las sardinas salen del colegio, y el atardecer camina en el firmamento, Don Santiago, escueto, pero eso sí, con media sonrisa dibujada en la cara, se despide. Blanquita, muy amable por todo, ¿oyó?, nos vemos está noche. Jum, verdad don Santiago que usted en todo el año solo viene a la misa patas arriba bueno pues, saludes a la pecosa. Y como no iría Don Santiago, es un hombre de costumbres. En la esquina de su casa compra lirios blancos y astromelias amarillas, le queda fácil, porque vive justo al ladito del cementerio; y no es por mala suerte, es por decisión, ya que, luego de casarse, de navegar una vida cotidiana, por lo menos quería conservar la cercanía con morenita dulce panela. A veces piensa que sería el cacique Sua, dios del sol, quien se la llevó, estaría celoso de ver un mortal, cautivar una muchacha que llevaba esperando por milenios, semejante a las guerreras de su tiempo. Mas no es para berriar, al viejo le tocó perder su amor, pero más allá de eso, aquí se juegan el aliento miles de ellas y ellos todos los días. Y es que son valientes los Suachunos, son despiertos e incansables, parecen tener el cuero de plomo, parecen ser eternos, orgullosos de la tierra que caminan. Ya es hora, el Gran Sol cierra sus ojos, Doña Blanca baja su cortina y Don Santiago tararea el bolero del 67.   

 

CULTURA

ACTUALIDAD

La chiva de la nostalgia

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

VIVIR AL LADO DE UN CEMENTERIO PUEDE SER UNA ELECCIÓN

 

Por: Nicolás Mora Quintero. 
Maria Fernanda Alzamora Maecha. 
 Nicolas Rincón Ortiz.
Natalia Beltran Garcia. 
 Maria Fernanda Alzamora Maecha.

Laura Victoria Polanco Echeverry.

 

 

Sinopsis: En Soacha, don Santiago revive la nostalgia de su amor perdido recordando a su morenita dulce panela,  mientras come almojábanas y toma avena en el negocio de doña Blanca, al ritmo del bolero del 67.

 

El viento tiembla zarandeado por las flechas de luz que caen del cielo. Doña Blanca surca la plaza con el dorso seguro e inmune, levanta la cortina de acero y descubre las vitrinas vacías de su negocio, dispuestas para esas fresquitas almojábanas de maíz que lleva cargadas como un tesoro. En eso, por la Octava, llega quien posee la mejor técnica en todo el pueblo para ajustarse el cinturón; dos a la derecha y uno contundente a la izquierda, es el viejo don Santiago. Hay que tener los pantalones bien puestos ¿sí o no doña Blanca?. ¡Don Santiago! Ese milagro verlo tan temprano. Pues doña Blanca, a la pecosa se le dio dizque por hacer un sahumerio, entonces salió pa’ la plaza a conseguir eucalipto, y de paso me sacó. Jum, y es que así es el orden por estos lados, unos cocinan y unos planchan, unas camellan y otras limpian, o todos en la cama o todos en el piso. Aquí nadie se queda rascándose el ombligo, desde los quince o menos, con tenis o botas de caucho, vendiendo calcomanías u organizando guayabas en el mercado. Todos se ganan la vida bajo el sol, protegidos con atemporales sombreros o gorras de visera plana. Me regala una avenita me hace el favor, que si ya le perdí la cuenta a mis primaveras, mejor no descuido las costumbres. Don Santiago, se me puso arrosudo. No me suelte la lengua mija que la madrugada me tiene amanerao.

 

El viejo suelta un viento seco por la nariz, el cual se disipa en la vibrante mañana, tal vez, así de agitada por el eco de antiguas arengas, esas del churco Galán, cuya sangre invisible, aún parece reflejar su escarlata en fechas como estas; o de pronto algunas más añejas, quizás, esos sonidos indígenas de la fortaleza, que por siglos se elevaba en lugar de estos ladrillos. Quién sabe, por ahora lo cierto es que hoy es 9 de febrero. Una fecha contradictoria, tanto para nuestro arrugado Don Santiago, como para el resto de sus paisanos. Por ello, dentro del saco encaleta su fiel pañuelo y se rasca los ojos. Ve cómo avanza el día, ve con paciencia el paso del sol a unos metros, burbujas libertinas escalan el aire huyendo de la inocencia, los tamales ya se acabaron, a la izquierda, Don Eladio come obleas bañadas de mora, indiferente al par de policías que examinan su carpa de minutos, los restaurantes ya exhiben orgullosos los imponentes chicharrores junto a las mojarras asadas, en el mercadillo, los mechudos ofrecen sus gangas. Al frente, se ve una bailarina, dando giros con volantes en la mano, y al costado derecho, ocupa su lugar Doña Helena, difundida entre crucifijos y virgencitas que vende a puertas de la iglesia. Iglesia que, parece estar preparada para la famosa “misa patas arriba” con sus pintorescas sillas apuntando al techo. Porque, como ya mencionamos, este día es especial, lo es desde 1967.

 

¡Ay! Mire Don Santiago, me mandaron serenata. Le bromea doña Blanca al escuchar cómo se acercan “Los Espuma”, tradicional dueto de guitarras, que llega derramando su bolero. También le hacen memoria a la mañana, entonando ese soneto preciso y valioso, cuyos versos cantan:

 

Ay 9 del 67 los ojos del chico abriste y el alma le cerraste.

Cuando salía a caminar el rey Sol por la sabana.

Vio aquellos jovencitos de la mano despertando.

Quién iba pensar que una noche les bastara.

Pa’ dormir frente a la iglesia, esperando el matrimonio.

 

Él es blando y caballero, ella morena dulce de panela.

No esperaban un romance, pero ah qué inevitable.

Que esa mujercita, de alma muisca luchadora.

Los sentidos del Suachuno, sin reparo enamoraran.

Ay 9 del 67, preguntamos desolados ¿por qué te la llevaste?

 

Así fue señoras y señores, cruel es la tragedia.

Con las primeras campanadas, los amantes se sonrieron.

Más un segundo luego, un violento terremoto las caricias les borró.

En los brazos del Suachuno, su amada se desvaneció.

El blando caballero, no pudo más que abandonarla.

 

Dura elección, vivir desalmado, o morir junto a su amor.

Hoy el pueblo celebra los que partieron y los que no.

Murmurando que en sus calles, vaga un hombre adolorido.

Un hombre con la manía de acomodarse el cinturón.  

 

Las sardinas salen del colegio, y el atardecer camina en el firmamento, Don Santiago, escueto, pero eso sí, con media sonrisa dibujada en la cara, se despide. Blanquita, muy amable por todo, ¿oyó?, nos vemos está noche. Jum, verdad don Santiago que usted en todo el año solo viene a la misa patas arriba bueno pues, saludes a la pecosa. Y como no iría Don Santiago, es un hombre de costumbres. En la esquina de su casa compra lirios blancos y astromelias amarillas, le queda fácil, porque vive justo al ladito del cementerio; y no es por mala suerte, es por decisión, ya que, luego de casarse, de navegar una vida cotidiana, por lo menos quería conservar la cercanía con morenita dulce panela. A veces piensa que sería el cacique Sua, dios del sol, quien se la llevó, estaría celoso de ver un mortal, cautivar una muchacha que llevaba esperando por milenios, semejante a las guerreras de su tiempo. Mas no es para berriar, al viejo le tocó perder su amor, pero más allá de eso, aquí se juegan el aliento miles de ellas y ellos todos los días. Y es que son valientes los Suachunos, son despiertos e incansables, parecen tener el cuero de plomo, parecen ser eternos, orgullosos de la tierra que caminan. Ya es hora, el Gran Sol cierra sus ojos, Doña Blanca baja su cortina y Don Santiago tararea el bolero del 67.   

 

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