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La chiva de la nostalgia

 

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

 

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 


EL PERRO MOCHO

Por. Nicolás Mora Quintero.

 

Sinopsis: En el Viejo Usme, Mochito el perro ve su día pasar, mientras recorre sus cuatro calles en medio de historias que se dibujan entre el verde de la montaña y el gris de la ciudad.

 

Jadeando se acomoda el viejo animal en los escalones de la plaza, es el perro Mocho, 17 años lleva pasando las patas por las mismas piedras. Plaza que por cierto conoce muy bien, la esquina perfecta para rascarse el lomo, y el escalón a su medida para tomar el sol. Así ve los días pasar Mochito el perro, “gordito” le dice la venezolana de la panadería estratégicamente ubicada junto a la alcaldía, “tome su merienda gordito”. Come apresurado cuidando que algún vecino canino no le robe lo suyo; por ahí le escuchó a las señoras que aquí toca “cuidar lo di uno”. Con la panza llena le gusta ir a arrimarse junto a la gente que espera el anhelado bus azul, con cara de palo se bajan los humanos de aquella lata, tal vez porque vienen de muy lejos, piensa Mochito que vive feliz en sus cuatro calles.

 

Las campanas de la iglesia anuncian la misa del medio día, o mejor dicho, anuncian la ronda de picadas. Por ello el perro Cruza la calle y salta el desmedido escalón, en la esquina gira y sube la ladera, en la primera parada doña Estela y Estelita, le dejan caer en la boca el primer bocado, ya se le abrió el apetito, entonces corre babeando a la segunda estación, allí sobre la principal le dan pelanga y bofe, lo devora junto a los agüeros que colocó doña Rosario, “no sea y se ponga a llover”. Pero no hay tiempo, toca apresurarse y llegar al final del recorrido, allí juega un poco a los trapos con sus compas humanos, estos le hacen fieros, pero no reniega, como recompensa: chorizo y morcilla. El menú perfecto. 


Naturalmente después de la comilona da sueño, pero es plena tarde y los cantos del matadero, junto con las quejas de los hombres de cachetes rojos, no lo van a dejar echarse ahí, “Jum, siete meses para cada papa de estas, nos vamos es a quebrar”, alegan mientras descargan sus tesoros en costales. Definitivamente no van a dejar dormir. ¡Ha pero perrito mocho sabe dónde ir! Con la paciencia propia de estar arrugado, se devuelve por la misma principal, por el camino le consiente el lomo doña segunda, que lleva sentada toda la mañana despachando botellas de chicha y masato, es más, la cogió en plena transacción con don Albeiro, borracho profesional y condecorado, que harto de cerveza, le quiere dar al cuerpo su dosis de bebida tradicional, “hay que aprovechar que salió la cosecha, luego no sea y se ponga a llover” le dice al Mochito el ebrio despreocupado atragantado de carcajadas. Avanza el perrito, salta las arracachas de don miguel, surca el río de gente que sale de la iglesia, le tiran un fiambre en el puesto de obleas y luego en su camino rodea el dúo González, que armados con tiple y charango reparten carranga.

 

Pero bueno, “la tarde en pueblos tranquilos es pa dormir”, por eso se aleja de la algarabía el Mochito, a lo lejos ya ve su predilección. El arco del cementerio lo recibe con los brazos abiertos, cruza el umbral mientras sale el llanero Torres, adornado con una pluma de pavorreal en el sombrero. ¡Qué rico es vivir así! Siempre se repite junto a las lápidas el perrito, da tres vueltas sobre su eje y se deja caer. Por último, echa un vistazo rápido a lo alto de uno de los muros, hoy ha venido un ángel a componer un arreglo de flores; Mochito sonríe y se duerme. Y con él los demás mortales del pueblo, no sea los coja la noche en la calle, y los ecos de la ciudad les arrebaten lo ganado a pulso y tiempo.
 

CULTURA

ACTUALIDAD

La chiva de la nostalgia

 

En Bogotá, un grupo de jóvenes se aventura a narrar historias de la ciudad desde su sensibilidad. Para comprender la escencia de este proyecto, es necesario partir de la idea que, como seres humanos, podemos experimentar diferentes viviencias con relación al mundo; experiencias que nos ayudarán a comprenderlo desde nuestra razón y nuestra imaginación, es decir, que nuestra razón buscará esas supuestas certezas y exactitudes en fuentes que las soporten y discursos que las avalen; mientras que nuestra imaginación volará haciendo conexiones que, para muchos, no tendrán ningún sentido, pero que para nosotros son la posibilidad de narrar historias de personas invisibilizadas.

 

La sensibilidad es algo que puede construirse y transmitirse desde las experiencias individuales y colectivas, pero estas sólo surgen en la medida en la que compartimos y sentimos al otro. Este proyecto: La chiva de la nostalgia, es un reflejo de cómo esas sensibilidades están transformándonos. ¿Por qué hablo en plural? Porque somos una grupo compuesto por cinco estudiantes y una docente, que aunque no somos expertos en  temas de la ciudad, nos hemos aventurado a conocerla y a dejar que sus historias invadan nuestras miradas, y con las nuestras, lo único que buscamos es tocar un poco las de ustedes y así transformar, desde la empatía, nuestro entorno.

 


EL PERRO MOCHO

Por. Nicolás Mora Quintero.

 

Sinopsis: En el Viejo Usme, Mochito el perro ve su día pasar, mientras recorre sus cuatro calles en medio de historias que se dibujan entre el verde de la montaña y el gris de la ciudad.

 

Jadeando se acomoda el viejo animal en los escalones de la plaza, es el perro Mocho, 17 años lleva pasando las patas por las mismas piedras. Plaza que por cierto conoce muy bien, la esquina perfecta para rascarse el lomo, y el escalón a su medida para tomar el sol. Así ve los días pasar Mochito el perro, “gordito” le dice la venezolana de la panadería estratégicamente ubicada junto a la alcaldía, “tome su merienda gordito”. Come apresurado cuidando que algún vecino canino no le robe lo suyo; por ahí le escuchó a las señoras que aquí toca “cuidar lo di uno”. Con la panza llena le gusta ir a arrimarse junto a la gente que espera el anhelado bus azul, con cara de palo se bajan los humanos de aquella lata, tal vez porque vienen de muy lejos, piensa Mochito que vive feliz en sus cuatro calles.

 

Las campanas de la iglesia anuncian la misa del medio día, o mejor dicho, anuncian la ronda de picadas. Por ello el perro Cruza la calle y salta el desmedido escalón, en la esquina gira y sube la ladera, en la primera parada doña Estela y Estelita, le dejan caer en la boca el primer bocado, ya se le abrió el apetito, entonces corre babeando a la segunda estación, allí sobre la principal le dan pelanga y bofe, lo devora junto a los agüeros que colocó doña Rosario, “no sea y se ponga a llover”. Pero no hay tiempo, toca apresurarse y llegar al final del recorrido, allí juega un poco a los trapos con sus compas humanos, estos le hacen fieros, pero no reniega, como recompensa: chorizo y morcilla. El menú perfecto. 


Naturalmente después de la comilona da sueño, pero es plena tarde y los cantos del matadero, junto con las quejas de los hombres de cachetes rojos, no lo van a dejar echarse ahí, “Jum, siete meses para cada papa de estas, nos vamos es a quebrar”, alegan mientras descargan sus tesoros en costales. Definitivamente no van a dejar dormir. ¡Ha pero perrito mocho sabe dónde ir! Con la paciencia propia de estar arrugado, se devuelve por la misma principal, por el camino le consiente el lomo doña segunda, que lleva sentada toda la mañana despachando botellas de chicha y masato, es más, la cogió en plena transacción con don Albeiro, borracho profesional y condecorado, que harto de cerveza, le quiere dar al cuerpo su dosis de bebida tradicional, “hay que aprovechar que salió la cosecha, luego no sea y se ponga a llover” le dice al Mochito el ebrio despreocupado atragantado de carcajadas. Avanza el perrito, salta las arracachas de don miguel, surca el río de gente que sale de la iglesia, le tiran un fiambre en el puesto de obleas y luego en su camino rodea el dúo González, que armados con tiple y charango reparten carranga.

 

Pero bueno, “la tarde en pueblos tranquilos es pa dormir”, por eso se aleja de la algarabía el Mochito, a lo lejos ya ve su predilección. El arco del cementerio lo recibe con los brazos abiertos, cruza el umbral mientras sale el llanero Torres, adornado con una pluma de pavorreal en el sombrero. ¡Qué rico es vivir así! Siempre se repite junto a las lápidas el perrito, da tres vueltas sobre su eje y se deja caer. Por último, echa un vistazo rápido a lo alto de uno de los muros, hoy ha venido un ángel a componer un arreglo de flores; Mochito sonríe y se duerme. Y con él los demás mortales del pueblo, no sea los coja la noche en la calle, y los ecos de la ciudad les arrebaten lo ganado a pulso y tiempo.
 

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