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Guerra mediática en torno al proceso de paz

Boletín ACN

Soplan vientos de paz, se avizora el fin del conflicto armado con las FARC, se acerca el día en el que se silenciarán los fusiles de 8 mil guerrilleros que cuentan con el respaldo de 8 mil milicianos. Sin embargo, y cuando se cumplen varias semanas de tregua bilateral, la guerra se ha trasladado a los medios de comunicación.

Por ejemplo, el comandante del Ejército, general Alberto José Mejía, fue invitado al mentidero de televisión RCN para hablar del acuerdo de paz. Igual a como días antes hiciera la congresista Claudia López en el mismo canal, el militar puso en su sitio a la directora Gurisatti, quien infructuosamente trató de acorralarlo para que se pronunciara en contra del proceso.

Con conocimiento de causa y argumentos de peso, el oficial, quien no perdió la mesura ni la decencia, mostró que las Fuerzas Armadas están comprometidas con la paz, pues de manera directa han sufrido bajas en la confrontación con las FARC y con otros grupos guerrilleros.

Un nuevo camino no solo para los militares y los policías sino para todo el país, que el próximo 2 de octubre deberá refrendar en las urnas si se aprueban o rechazan los términos del acuerdo con la guerrilla más antigua del mundo. Días antes de eso, el 26 de este mes en Cartagena se realizará la firma oficial entre el presidente de la República Juan Manuel Santos y el comandante de las FARC, Timoleón Jiménez, quien dejará de llamarse así y recobrará su nombre de pila, Rodrigo Londoño Echeverri, y su profesión de médico cardiólogo una vez deje la clandestinidad y se reincorpore a la vida civil y política, como lo han hecho otros grupos guerrilleros desde cuando el M-19 lo hiciera en marzo de 1990.

Los fusiles están ya silenciados y después de la firma del acuerdo, las FARC deberán desmontar su estructura militar y hacer dejación de todas las armas.

El balance de la guerra es aterrador: más de 200 mil muertos, cuatro millones de desplazados, miles de heridos y mutilados, municipios destruidos, campos desolados, una economía que depende de la guerra –el 4,7% del Producto Interno Bruto del país destinado al gasto militar–, por lo que el presupuesto para educación, salud, vivienda e  infraestructura ha sido reducido.

Las posibilidades cambian ahora y cualquiera con tres dedos de frente pensaría que es lo mejor para los colombianos. Pero hay quienes se oponen a la terminación del conflicto, con argumentos peregrinos como que no habrá justicia, aunque en el acuerdo está establecida una justicia transicional que cobijará no solo a los excombatientes ilegales sino a los que desde la legalidad han delinquido, como en el caso de los falsos positivos para recibir prebendas y tratar de mostrar que se estaba derrotando al enemigo.

Muchos somos los que apoyamos el SÍ en el plebiscito que se realizará el domingo 2 de octubre y muchos son los que apoyan el NO. Es el precio de la democracia, aunque uno podría preguntarse por qué un país decide consultar si quiere o no la paz. Hay quienes afirman que no se oponen a la paz sino a la forma como esta fue concebida y llevada al papel. Hago énfasis en la paz de papel, pues lo que viene después de más de medio siglo de guerra con las FARC, luego de cuatro años de diálogos, no es solo la dejación de las armas sino el posconflicto, con la reincorporación de los excombatientes a la vida civil y con la reparación a las víctimas y sus familias. Tarea nada fácil.

Lo curioso es que mientras el mundo entero celebra las posibilidades de la paz en Colombia, la guerra se haya trasladado a los medios de comunicación, con seudoperiodistas como Claudia Gurisatti y políticos innombrables que siguen aferrados a la guerra, así como con muchos ciudadanos que no creen en el proceso. Estos últimos están en su derecho, claro.

El problema es que de la opinión se ha pasado a las ofensas y mientras algunos convencidos del SÍ acusan de paramilitarismo a quienes promueven el NO, algunos de estos últimos acusan de guerrilleros a los que creen que lo mejor para el país es el fin de la guerra.

Ha sido tan radical el proceso de los “civiles”, que incluso apelan a una supuesta confabulación del gobierno de Raúl Castro y del fallecido Hugo Chávez para imponer el comunismo en nuestro país. Esto, de la mano del principal cómplice de la izquierda, Juan Manuel Santos, quien, por herencia familiar y por ejercicio del periodismo y la política, en la práctica ha dejado clara su posición como representante de la oligarquía. Nadie más alejado del comunismo que él, pero los seguidores de Goebbels, el ministro de la propaganda de Hitler, saben que de tanto repetir una mentira esta termina siendo considerada verdad.

Santos no es comunista ni las FARC se van a tomar el poder desde unas pocas curules en el Congreso, permeado como sigue por el paramilitarismo que hace unos años anunciara con desfachatez Salvatore Mancuso.

Yo personalmente he recibido comentarios desobligantes por parte de algunos promotores del NO, pero les respondo que jugármela por la paz no me hace cómplice ni de Santos ni de las FARC, como tampoco me hará cómplice del ELN con el que también aspiro a que se adelante un victorioso proceso de paz.

La historia ha demostrado que ninguna guerra se gana: todas se pierden. Y la única victoria posible es la paz. Ya no en las trincheras ni en algunos medios de comunicación belicistas, sino en el ejercicio mismo de la democracia, con ética y con respeto por el otro.

Por Javier Correa Correa