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Paladines y mártires de la paz

Boletín ACNSe está avanzando de forma vertiginosa en la búsqueda de la paz en Colombia. Se ha llegado a un punto de no retorno en el proceso de diálogos con las FARC, un grupo que después de 54 años decidió dejar las armas y reincorporarse a la vida civil.

Todavía hay quienes se oponen a la paz, con argucias de leguleyos, como las que empleaba hace muchos años Francisco de Paula Santander, quien por tener el control burocrático llegó incluso a tratar de quitarle a vida al Libertador Simón Bolívar. Por fortuna falló en la conspiración septembrina, pero hay quienes han seguido su ejemplo y han logrado hacer realidad sus oscuros planes.

Son muchas las personas que en Colombia han entregado su vida por la paz, convencidas de que podrían bajar tranquilas al sepulcro para que se consolidara la unión y cesaran los partidos. 

La unión no se ha consolidado y, curiosamente, la cercanía de la paz ha polarizado el país, entre quienes votaremos por el sí a la paz y los que lo harán por el no.

Pero no es la primera vez. Desde cuando Simón Bolívar agonizaba en Santa Marta, pasando por Rafael Uribe Uribe (ese sí es nombrable), han sido cientos de miles los colombianos que han caído asesinados, como el abogado y periodista antioqueño, quien batalló en la Guerra de los Mil Días y en 1914 cayó a un costado del Congreso de la República.

Hay un barrio que lo recuerda en Bogotá, y colegios en varias ciudades del país llevan su nombre. Pero no solo colegios han tomado prestados los nombres de los adalides de la paz.

Un barrio en Bucaramanga, por ejemplo, se llama Carlos Toledo Plata, en honor al médico, político y exguerrillero asesinado el 10 de agosto de 1984, por parte de los enemigos de la paz, que creían que con ese magnicidio iban a frenar el proceso con el Movimiento 19 de Abril, M-19, que, sin embargo, el 24 de ese mismo mes firmó un acuerdo de cese al fuego con el gobierno. Toledo era cofundador del M-19 y le había apostado tanto a la paz, que estuvo preso y cuando cumplió su condena hizo política para promover acuerdos que pusieran fin al conflicto. Fue asesinado, en la víspera de la paz, que no obstante tardó otros años en materializarse con ese grupo, el que con terquedad obligó al gobierno a adelantar un proceso de negociación que llevó a la desmovilización el 9 de marzo de 1990. El fin de esa guerrilla fue hace 26 años, pero hay quienes siguen echándole leña al fuego para que el fuego (de los fusiles) persista.

En agosto hay otros dos (muchos más, lamentablemente) luchadores por la paz que cayeron asesinados.

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El primero de ellos es Manuel Cepeda Vargas, abogado, político y periodista que murió asesinado en Bogotá el 13 de agosto de 1999, cuando iba para el Congreso de la República, donde se había opuesto a la expedición de la Ley 100, mal llamada de seguridad social. Era uno más de los 3.000 integrantes de la Unión Patriótica asesinados, por lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos solicitó que el Estado colombiano fuera declarado “responsable por la violación de los derechos a la vida, integridad personal, garantías judiciales, protección de la honra y de la dignidad, libertad de pensamiento y expresión, libertad de asociación, derechos políticos y protección judicial”. En otras palabras, por acción y omisión en la violación de los derechos humanos. Dicho de otra forma, por no buscar la paz que Cepeda sí buscó. Por fortuna, su hijo, Iván Cepeda Castro, ha seguido sus pasos y es un comprometido con la paz. Como dicen los abuelos, Dios lo proteja.

La tercera víctima de los enemigos de la paz es el comunicador y humorista Jaime Garzón, quien murió el 13 de agosto de 1999. “País de mierda”, dijo un presentador de televisión cuando dio la noticia. Multitudes salieron a las calles a protestar por el asesinato, que se atribuyó un paramilitar dizque por decisión propia, cuando se ha demostrado que el Estado actuó en contra de la vida de Garzón, e incluso el exdirector del DAS, organismo de inteligencia de la Presidencia de la República, también fue llamado a juicio. Garzón es recordado no solo por sus programas sino por enarbolar una bandera de Colombia en un paraje al sur de Bogotá, en límites de la zona controlada por las FARC, cuando mediaba para la liberación de secuestrados.

Hoy las FARC, después de 54 años de haberse alzado en armas contra el Estado, se disponen a dejar las armas e incorporarse a la vida civil, algo que todos los colombianos ansiamos.

Porque la guerra no lleva apenas 54 años, sino siglos. Cuando los españoles llegaron a la Sabana de Bogotá, los muiscas estaban enfrentados en una sangrienta guerra, lo que les facilitó a los ibéricos dominarlos. Vinieron después la rebelión de los Comuneros, traicionados por la corona española, y después la conformación de guerrillas tras el Grito de Independencia en 1810, hasta cuando vencieron y se declararon Ejército Libertador. El siglo XIX vivió guerras endémicas, regionales y de alcance nacional. Es más, los siglos XIX y XX estuvieron unidos por la Guerra de los Mil Días, pues los colombianos seguían desunidos.

Vino la época de La Violencia a mediados del siglo XX, y luego la aparición de las guerrillas comunistas. Y así…

Casi todos esperamos que no haya más muertos para alcanzar la paz en este país, que yo no califico como “de mierda”, sino como el territorio donde millones de personas ansiamos que se acabe la guerra, que dejemos de hablar en negativo y digamos, siempre, SÍ.

Javier Correa Correa

Profesor del Departamento de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Central