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Sabado, 23 Marzo 2019

Sabado, 23 Marzo 2019

               

Bogotá contra la Sabana

Boletín ACN

 

 

Suele suceder que el pez grande se coma al chico. Es un viejo adagio que no ha dejado de cumplirse, y en esta antigua y triste relación entre Bogotá y los municipios que la circundan se verifica con perversa y amañada eficacia. Desde hace muchos años, con insidia, los ciudadanos que viven en los pueblos de la Sabana han sufrido toda clase de medidas arbitrarias, aprovechamientos y descaradas medidas de las autoridades distritales, sean de izquierda o de derecha: el aprovechamiento irracional del agua, la luz, el teléfono, el transporte, la movilidad, los excesivos peajes, el derrumbe de las fronteras, la tragedia del río Bogotá y los humedales, la represión y el desprecio.

 

En este segundo gobierno de Peñalosa las cosas no serán diferentes y serán más duras, pues él no conoce la realidad de la Sabana y quiere aprovecharse de ella para lucirse, si puede, en la ciudad. Su propuesta de urbanizar la Reserva Van der Hammen, las medidas contra el transporte público que llega y va de Soacha a Bogotá, sus ideas de un metro más pomposo y menos popular y su antipatía por el tren de cercanías y el trabajo del gobernador, son apenas una parte de lo que –unos pocos creen– es su prestigio internacional, ese del que viven algunos funcionarios públicos, como el ministro de hacienda, considerado el mejor de América Latina –¿cómo será el peor?–.

 

Repito, para que quede claro, frente a Bogotá, los municipios de la Sabana han tenido que soportar la improvisación, los cambios permanentes de planes de infraestructura, el maltrato y la represión cuando exigen sus derechos y una relación más coherente y acorde con los principios democráticos y sociales. De estos otrora pequeños pueblos van a Bogotá, y de la capital vienen a ellos, cientos de miles de personas todos los días. En Chía, Cajicá, Sopó, Zipaquirá, están buena parte de los mejores y más exclusivos colegios del país, aquí están varias universidades, clínicas y hospitales, y los ciudadanos pagan todos los días el costoso peaje y tienen que soportar los trancones y las dificultades que se sufren a las entradas al sur y al norte de la ciudad.

 

La administración distrital ha podido conjurar con promesas, hasta cuando escribí este artículo, un paro de transporte en Soacha, pero sabemos, porque conocemos al alcalde, que nada se va a solucionar, su mundo desarrollado y moderno, ese que tiene en su cabecita, no le permite ver que este tercer mundo es distinto, que requiere de otra metodología y que hay que trabajar de verdad. Después de cien días, su mejor trabajo y su preparación más adecuada ha sido la de utilizar el retrovisor y echarle la culpa de todo a las administraciones pasadas, cuando buena parte de lo que sucede empezó, precisamente, con la primera alcaldía de Peñalosa, que copió la buena experiencia de Trasmilenio, pero con tantos errores e improvisaciones que son muchos años y mucho el dinero que se ha gastado en recuperar las famosas losas de la autopista, la Caracas y la ochenta, por solo señalar uno de los errores.

 

En verdad cambió la cara de la ciudad frente a la fatal troncal de la Caracas de los tiempos de Pastrana y Caicedo Ferrer, pero luego esto se convirtió en otro descalabro. Nunca oyeron a los ingenieros y expertos de la Universidad Nacional y desconocieron los problemas que se podrían superar, como ese del colapso, porque al principio se pensó que sería un servicio público para un sector de la ciudad, una clase media, que pudiera pagar un servicio costoso y “bonito”, y luego eliminaron las busetas y los viejos buses populares y obligaron a todos a tomar estos articulados que hoy transitan por la ciudad con poco control.

 

No hay un modo de equilibrio y cordialidad del alcalde con la ciudadanía de a pie que vive, desde antes que hubiera nacido él, en estas poblaciones que alimentan y enriquecen a la capital. Tiene un sentido de la democracia –si es que lo tiene o lo ha tenido– muy particular y pocas veces está centrado en los temas que debe tratar. Solo concibe el cemento y unos particulares megaproyectos como políticas del desarrollo. Es fan de los grandes urbanizadores y de obras feas y fastuosas y del bienestar de los ricos, incluso tuvo la desfachatez de proponer que los automóviles de los pudientes paguen un impuesto para salvarse del pico y placa. No tiene conciencia ambientalista y cree que la bicicleta y sus larguísimas ciclorrutas, mal concebidas y extrañamente aplaudidas por quienes nunca las usan, son suficientes para lavar su conciencia de mandatario amigo del progreso sostenible.

 

Los medios le tienen especial afecto y, además, con verdadera pericia de malabarista ha paseado por todos los partidos y movimientos políticos que hay en Colombia y Estados Unidos. El matiz verde del partido al que ahora pertenece es apenas eso: un matiz. Entre sus escuderos de ahora hay jóvenes personajes de reconocida reputación clientelista, afectos a los contratos y las movidas chuecas que un día mediáticamente reprochan y al otro respaldan.

 

Con él tienen que librar una batalla muy desigual los alcaldes de la Sabana de Bogotá y el gobernador de Cundinamarca, quienes deben darle otro aspecto a esa relación bochornosa y que tanto contribuye a que se acrecienten los problemas de desempleo, inseguridad, salud, movilidad, pobreza que embargan al centro del país. Sin duda, uno de los programas más interesantes de los últimos tiempos es el “tren de cercanías” –al que todavía le falta madurar­– para empezar a tener un auténtico desarrollo sostenible. Ese tren no debe quedarse en la mitad del camino y debe llevar a los ciudadanos hasta los lugares en que despliegan sus actividades. Es lo que piden, frente al transporte, los ciudadanos de la martirizada Soacha, los de Facatativá, Mosquera, Madrid, Funza. Lo que deberán pedir, en poco tiempo, los habitantes de Zipaquirá, de Chía, de Cajicá, de Sopó… 

Por Luis Fernando García Núñez

Docente de la Universidad Externado de Colombia