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La euforia de la paz

Boletín ACN

¡Ah, la paz! No tengo idea de qué es esa vaina, porque desde antes de que yo naciera en Colombia ha habido guerra. No durante medio siglo, sino desde el asesinato de José Antonio Galán cuando los campesinos se rebelaron contra los impuestos de la corona española, pasando por los cientos de miles de campesinos que murieron en la Guerra de los Mil Días y en la época de La Violencia, hasta llegar a Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro Leongómez, Luis Carlos Galán y muchos más cuyos nombres son desconocidos.

Guadalupe Salcedo y los miles de guerrilleros liberales que se desmovilizaron en los años cincuenta marcaron un camino que se cerró cuando sucesivos gobiernos incumplieron los acuerdos y los excomandantes fueron asesinados, como Guadalupe. Muchos volvieron a las filas irregulares.

Pese a esos antecedentes, desde la época del M-19, que con terquedad abrió el camino para la desmovilización de las guerrillas modernas en Colombia, soy un ferviente defensor de todos los procesos que impliquen el silenciamiento de los fusiles y el fin del conflicto armado.

La paz implica terquedad.

De modo que me declaro uno más de los millones de colombianos que me he alegrado con la firma de los acuerdos entre el gobierno y las FARC, guerrilla que con el uso de las armas lleva más de medio siglo tratando de cambiar las estructuras de este país.

Lo que debería ser una organización político-militar se desdibujó, pues su estrategia recogió dos sentencias: “el fin justifica los medios” y “el que no está conmigo está contra mí”.

Basada en la primera, acudió esa guerrilla a la combinación de formas de lucha y al financiamiento de la guerra aliándose con sectores del narcotráfico y, en muchos casos, a controlar ella el negocio en gran parte del país. Esto, además del secuestro económico, que les pone valor a las personas con la excusa de que son oligarcas que deben devolverle al pueblo lo que es del pueblo. Falta ver si lo que se recogió tanto por narcotráfico como por secuestro volvió al pueblo.

La segunda frase fue también una excusa para quitar del camino a todo el que se opusiera a la política y el operar de las FARC. Dicho sin eufemismos, las FARC mataron a muchas personas, dentro y fuera de sus propias filas, porque pensaban distinto. Yo soy una de esas personas y por fortuna sobrevivo a la guerra.

Y quiero seguir viviendo en paz. O empezar a vivir en paz. No esperar a que mis hijos y las futuras generaciones gocen de paz, sino que esta sea un hecho ya. Sé que la firma del acuerdo no es la paz, pero sí un gran paso, en la medida en que los recursos destinados a la guerra podrán ser ahora dirigidos a la educación y la salud. Espero que así sea y que los corruptos de siempre no aprovechen la plata de esos rubros para llenar sus propias arcas mientras la gente, el pueblito, se sigue muriendo de hambre, como los niños en La Guajira, o superviviendo en la ignorancia absoluta. “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación, nuestro futuro”, es el texto tallado en una bala vacía de plomo y llena de tinta que el presidente y Timoleón Jiménez usaron para firmar el acuerdo.

Las FARC han cumplido. Y lo ha hecho Juan Manuel Santos al llevar hasta la meta el proceso de negociación. Por eso soy de los que reconoce que votó por él. Que voté por la paz, mejor dicho.

Eso me da derecho a hablarles como ciudadano tanto a las FARC como a Santos, y me autoriza a reclamarles a los enemigos de la paz, a los trogloditas que se benefician con la guerra, para que dejen de oponerse al sentir de la mayoría de los colombianos, que dejen sus arengas y sus actuaciones guerreristas.

La palabra paz sí puede estar herida, pero cada vez que es enarbolada como sinónimo de guerra. Es la costumbre de algunos que llaman las cosas por el nombre exactamente contrario. Por ejemplo, recortan salarios y hablan de justicia social. Hablan de democracia y descalifican a sus adversarios. Hablan de libertad de prensa y manipulan la información. Y así.

O aquellos que aprovechan la euforia de la paz y con sus actos promueven la violencia, la guerra. Por ejemplo, Peñalosa, quien anuncia la venta de la ETB y al otro día de los acuerdos entre el gobierno nacional y las FARC ordena la ocupación policial de las instalaciones de la ETB para desalojar, por la fuerza, a quienes se oponen a la venta de la entidad. Los deja sin trabajo y luego manda al Esmad a sacarlos. Eso no es paz.

Como dice Maurice Armitage, alcalde de Cali, hay que pedirles perdón a las FARC por haberles dado razones para irse a la guerra, por la inequidad, por haber creado lo que la guerrilla llama “condiciones objetivas” para la rebelión.

Agrega el alcalde de Cali que “estamos en mora de enmendar y ayudar a estas personas que merecen una oportunidad”. Mientras esto dice el mandatario de Cali, Peñalosa promueve la inequidad y les quita la oportunidad de vida a los trabajadores de la ETB, a los trabajadores informales, a los vendedores ambulantes, a los ecologistas, a los enfermos sin ambulancias.

La lucha armada perdió toda vigencia y desde estas líneas repito que la paz implica terquedad, compromiso, cumplimiento de la palabra empeñada.

Creo en las palabras dignidad, justicia social, dejación de armas, democracia, civilidad, respeto, perdón, salud, educación, empleo. Y en eso debemos comprometernos todos. Digan no más dónde hay que firmar a favor de la paz. Porque la que está herida es la palabra guerra.

Por Javier Correa

Docente de tiempo completo del Dpto de Comunicación Social y Periodismo