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Se nos cortó la respiración

Por:. Erika Sánchez

No podíamos aceptar que tuviera coronavirus. La única vez que salió de su casa,usó todas las medidas de seguridad,  tapabocas, guantes y hasta careta. 

 

Estábamos en alerta naranja en ese entonces, al parecer los contagios en mi barrio eran tantos, que decidieron resguardar la zona y hasta militarizar el lugar para que se cumpliera a cabalidad con la cuarentena. 

 

El 10 de Julio decidí salir, puesto que mi abuela Concepción,o conchita,como le decía de cariño- estaba enferma y necesitaba que alguien la cuidara. Pensábamos que, tenía una gripa fuerte de esas que te mandan a cama. Apenas llegué, mi abuela me abrió la puerta, con las pocas fuerzas que tenía. 

 

Era una tarde fría, estaba lloviznando así que ni por más ruanas y cobijas se podía calentar mi viejita. Nos saludamos, sabía que estaba sin aliento porque lo primero que hacía al llegar alguna visita, era correr a calentar tinto; sin embargo, ese día se disculpó porque las fuerzas no le daban para atenderme. 

 

Pasó el día y el suplicio inició la mañana siguiente. Ya mi abuela no se quería levantar de la cama, a no ser que fuese para correr directo al baño a vomitar todo lo que había comido. Ella describía toda la comida como amarga, sin sabor, repugnante, simple; eso sí, después de criticarla, expresaba su arrepentimiento porque “la comida es sagrada”.

 

Una médica de la prepagada, fue a examinarla a la casa. Encontró su nivel de oxigenación muy bajo, además de unos ruidos extraños en sus pulmones, los cuales podrían indicar que estaba padeciendo de alguna enfermedad respiratoria. Por los demás síntomas, lo más probable era que se tratara del nuevo virus (COVID 19).

 

Por esos días las noticias que pasaban por televisión no eran alentadoras, pues a menudo mostraban casos de muertes por la enfermedad y hospitales totalmente ocupados, como lo pueden evidenciar en este fragmento del noticiero de esa misma fecha.

 

Después de escuchar los rumores que decían que mataban a las personas en las clínicas, no permitimos que la hospitalizaran. En ese momento el miedo era mayor que la razón. Ahí es donde les pregunto a ustedes

 

  • ¿Qué hubieran hecho en nuestro lugar? 

 

Posiblemente, muchos hubieran actuado de la misma manera.

 

Como no era seguro que se tratara del COVID, puesto que no se le había tomado la prueba, la médica decidió recetarle unos medicamentos, para descartar otras enfermedades respiratorias, como las neumonías bacterianas (que también son muy contagiosas y de mucho cuidado). 

 

En los siguientes dos días,le administramos sus medicamentos, siguiendo al pie de la letra las recomendaciones que había dado la médica; sin embargo,mi abuela, mostraba muy poca mejoría. Esos dos días se la pasó durmiendo la mayor parte del tiempo, solo se levantaba para tomar el medicamento e ingerir uno que otro alimento.

 

Con respecto al tema les dejo una imagen que hace la comparación de unos pulmones en estado normal y unos de paciente covid. Esto para que se den cuenta de la magnitud del problema respiratorio.

Se nos cortó la respiración

 

El 14 de Julio, volvimos a llamar a la médica tras escuchar decir a mi abuela 

 

  • Ya llegó la hora de mi partida, este desaliento no me va a dejar vivir. 

 

Mi abuela como pudo, llamó a mi mamá y se despidió de ella, de la misma manera que lo hizo con sus otros dos hijos. 

 

Ese día se la llevaron, en una de esas camillas cubiertas, con un plástico transparente, a vista de todos los vecinos que sin falta, salieron a chismosear, unos desde el panóptico que tenían como ventana y otros desde sus puertas. Ese día, mi abuela estaría en las conversaciones de más de una persona del barrio.

 

Para no dejar esas imágenes a la expectativa, lo invito a que se remita a la fotografía de la camilla, para que entienda específicamente de lo que hablo. 

Se nos cortó la respiración 1

 

Fue un día lluvioso, en mis mejillas no se lograba distinguir entre las gotas de lluvia y mis lágrimas, esas que dan de impotencia al saber que no se puede luchar contra una enfermedad que hasta ese momento, había acabado con la vida de más de uno.

 

De ahí en adelante, pasaron días tortuosos e incesantes.Una vez al día llamaba el médico a dar noticias del estado de salud de mi abuela. En mi casa el estado anímico del día lo determinaba esa pequeña llamada que no duraba más de 3 minutos. 

 

Querido lector, usted no se imagina cuantas oraciones y súplicas hice esperando que un día la noticia fuera alentadora, en la que dijeran que ya había salido de peligro y que esta horrorosa situación, quedase como una anécdota más que contar post pandemia.

 

El 16 de agosto recibí una llamada desalentadora,mi abuela había fallecido en las horas de la mañana. No se le pudo hacer un entierro digno porque su cuerpo fue arrojado al incinerador con quien sabe cuantos más, que tuvieron esta muerte tan indigna. 

 

Ese día también fue frío, pero este, a diferencia de los otros, cargaba con el frío de la melancolía de la pérdida. No logramos ver por última vez el rostro trigueño de mi abuela, aunque de consolación nos dejaron llorar por 3 minutos encima del carro fúnebre, con la esperanza de que adentro si estuviesen sus restos.

 

El último recuerdo que guardo de ella es esta foto, que decido compartir con ustedes a continuación.

Se nos cortó la respiración 2

ACTUALIDAD

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Se nos cortó la respiración

Por:. Erika Sánchez

No podíamos aceptar que tuviera coronavirus. La única vez que salió de su casa,usó todas las medidas de seguridad,  tapabocas, guantes y hasta careta. 

 

Estábamos en alerta naranja en ese entonces, al parecer los contagios en mi barrio eran tantos, que decidieron resguardar la zona y hasta militarizar el lugar para que se cumpliera a cabalidad con la cuarentena. 

 

El 10 de Julio decidí salir, puesto que mi abuela Concepción,o conchita,como le decía de cariño- estaba enferma y necesitaba que alguien la cuidara. Pensábamos que, tenía una gripa fuerte de esas que te mandan a cama. Apenas llegué, mi abuela me abrió la puerta, con las pocas fuerzas que tenía. 

 

Era una tarde fría, estaba lloviznando así que ni por más ruanas y cobijas se podía calentar mi viejita. Nos saludamos, sabía que estaba sin aliento porque lo primero que hacía al llegar alguna visita, era correr a calentar tinto; sin embargo, ese día se disculpó porque las fuerzas no le daban para atenderme. 

 

Pasó el día y el suplicio inició la mañana siguiente. Ya mi abuela no se quería levantar de la cama, a no ser que fuese para correr directo al baño a vomitar todo lo que había comido. Ella describía toda la comida como amarga, sin sabor, repugnante, simple; eso sí, después de criticarla, expresaba su arrepentimiento porque “la comida es sagrada”.

 

Una médica de la prepagada, fue a examinarla a la casa. Encontró su nivel de oxigenación muy bajo, además de unos ruidos extraños en sus pulmones, los cuales podrían indicar que estaba padeciendo de alguna enfermedad respiratoria. Por los demás síntomas, lo más probable era que se tratara del nuevo virus (COVID 19).

 

Por esos días las noticias que pasaban por televisión no eran alentadoras, pues a menudo mostraban casos de muertes por la enfermedad y hospitales totalmente ocupados, como lo pueden evidenciar en este fragmento del noticiero de esa misma fecha.

 

Después de escuchar los rumores que decían que mataban a las personas en las clínicas, no permitimos que la hospitalizaran. En ese momento el miedo era mayor que la razón. Ahí es donde les pregunto a ustedes

 

  • ¿Qué hubieran hecho en nuestro lugar? 

 

Posiblemente, muchos hubieran actuado de la misma manera.

 

Como no era seguro que se tratara del COVID, puesto que no se le había tomado la prueba, la médica decidió recetarle unos medicamentos, para descartar otras enfermedades respiratorias, como las neumonías bacterianas (que también son muy contagiosas y de mucho cuidado). 

 

En los siguientes dos días,le administramos sus medicamentos, siguiendo al pie de la letra las recomendaciones que había dado la médica; sin embargo,mi abuela, mostraba muy poca mejoría. Esos dos días se la pasó durmiendo la mayor parte del tiempo, solo se levantaba para tomar el medicamento e ingerir uno que otro alimento.

 

Con respecto al tema les dejo una imagen que hace la comparación de unos pulmones en estado normal y unos de paciente covid. Esto para que se den cuenta de la magnitud del problema respiratorio.

Se nos cortó la respiración

 

El 14 de Julio, volvimos a llamar a la médica tras escuchar decir a mi abuela 

 

  • Ya llegó la hora de mi partida, este desaliento no me va a dejar vivir. 

 

Mi abuela como pudo, llamó a mi mamá y se despidió de ella, de la misma manera que lo hizo con sus otros dos hijos. 

 

Ese día se la llevaron, en una de esas camillas cubiertas, con un plástico transparente, a vista de todos los vecinos que sin falta, salieron a chismosear, unos desde el panóptico que tenían como ventana y otros desde sus puertas. Ese día, mi abuela estaría en las conversaciones de más de una persona del barrio.

 

Para no dejar esas imágenes a la expectativa, lo invito a que se remita a la fotografía de la camilla, para que entienda específicamente de lo que hablo. 

Se nos cortó la respiración 1

 

Fue un día lluvioso, en mis mejillas no se lograba distinguir entre las gotas de lluvia y mis lágrimas, esas que dan de impotencia al saber que no se puede luchar contra una enfermedad que hasta ese momento, había acabado con la vida de más de uno.

 

De ahí en adelante, pasaron días tortuosos e incesantes.Una vez al día llamaba el médico a dar noticias del estado de salud de mi abuela. En mi casa el estado anímico del día lo determinaba esa pequeña llamada que no duraba más de 3 minutos. 

 

Querido lector, usted no se imagina cuantas oraciones y súplicas hice esperando que un día la noticia fuera alentadora, en la que dijeran que ya había salido de peligro y que esta horrorosa situación, quedase como una anécdota más que contar post pandemia.

 

El 16 de agosto recibí una llamada desalentadora,mi abuela había fallecido en las horas de la mañana. No se le pudo hacer un entierro digno porque su cuerpo fue arrojado al incinerador con quien sabe cuantos más, que tuvieron esta muerte tan indigna. 

 

Ese día también fue frío, pero este, a diferencia de los otros, cargaba con el frío de la melancolía de la pérdida. No logramos ver por última vez el rostro trigueño de mi abuela, aunque de consolación nos dejaron llorar por 3 minutos encima del carro fúnebre, con la esperanza de que adentro si estuviesen sus restos.

 

El último recuerdo que guardo de ella es esta foto, que decido compartir con ustedes a continuación.

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