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Crónicamente enferma, de los nervios.

Por: Diego Alejandro Chaparro Acevedo 

Crónicamente enferma de los nervios.1El día anterior no había podido dormir por miedo a la muerte, la preocupación le carcomía las entrañas como si este sentimiento fuese un animal y estuviese hambriento. La falta de sueño era aún más fuerte que de costumbre y aunque estaba acompañada por su esposo, esa noche, sentía la cama tan inmensa que incluso podía compararse con un desierto, donde lo único que le hablaba era su propio miedo.  

Bertha Daza, una mujer de 48 años de edad, pecosa, de cabello castaño oscuro, ojos cafés y estatura baja, había estado esperando noticias, por más de dos años, sobre una cirugía de columna que le haría la vida mucho menos dolorosa. Eran las 3:00 de la tarde del domingo 23 de febrero cuando después de dos años de larga espera, recibió una llamada del hospital con la noticia de que estaba todo listo para la cirugía. 

Fue una noche de Domingo negro. Aunque la noticia era muy buena y tenía tanto esperando, los nervios la carcomían por dentro y el lunes no fue muy diferente. Fue un lunes de madrugada, pensando en todas las posibles complicaciones que podría haber en la intervención quirúrgica. El peligro es inminente, pero la operación puede mejorar su vida por un largo tiempo.  

Así, de esta forma, al transcurrir el resto de aquel lunes y el martes, llegó el día de la operación. Eran las 7:00 de la mañana y ella ya estaba en la sala de espera de urgencias del Hospital Cardiovascular en Soacha, esperando ser llamada. Su hijo Alexander estaba con ella, pendiente de cualquier cosa que necesitara, pero a pesar de la compañía y el ánimo de su hijo, aún se sentía nerviosa. 

Alexander sabía de su preocupación y siendo su hijo, procuró tranquilizarla inventando historias de lo que le había pasado a cada uno de los pacientes que llegaban a urgencias, eso funcionó por casi toda la mañana. La Operación estaba programada para la 1:00 de la tarde de este miércoles, ambos tenían ya entumecidos los glúteos por la incomodidad de las sillas. A las 2:45 de la tarde los llamaron, los nervios aumentaban. 

Cruzando la puerta sentían un ambiente incómodo. Había personas muy mayores pidiendo ayuda y las sillas en las que estaban no eran muy diferentes a las que estaban afuera. La incomodidad y el cansancio se notaba en las caras de los pacientes. Caminan lento y perezoso, buscando un sitio en el que se puedan sentar. Todo es color blanco, todo es enfermedad y ella seguía nerviosa. Crónicamente enferma de los nervios.2

El doctor Rivero llega rápidamente a donde estaban los dos sentados, algo no usual según las enfermeras, y le pregunta a Bertha cómo se encuentra, ella, lidiando con sus nervios le responde que está un poco nerviosa. El doctor le asegura que no hay nada de qué preocuparse y que debe prepararse. Al cabo de 30 minutos aproximadamente llegan las enfermeras y se la llevan al baño, sus rodillas tiemblan de frío. 

Ya adentro, se quita la ropa, recibe un jabón líquido de color rosado y entra a la ducha. Se encuentra con dos llaves, una con agua caliente y una con agua fría y abre las dos llaves al tiempo para intentar graduar la temperatura, pero no lo logra, así que decide ducharse con agua fría. Se pone una bata color azul y se pone su piel de gallina.  

Pasa casi un hora esperando con su hijo, rodeada de personas mayores recién operadas. El olor a mierda penetra la nariz al grado de sentir que sale de su propio aliento. Su mano está morada alrededor de donde la enfermera le coloca la intravenosa y el doctor aparece nuevamente, esta vez para aumentar su nivel de nervios pidiéndole a su hijo que se retire. Ella se siente morir. 

La operación empezó a las 4 de la tarde luego de algunas complicaciones con el medicamento que le iban a suministrar, ella se encomienda a Dios y poco a poco el “bla bla bla” de los médicos empieza a dejar de preocuparse, empieza a ver borroso y a sentirse con sueño, la enfermera le pide que cuente hasta diez, pero antes de lograrlo, la anestesia hace efecto y se queda dormida. 

El frío aumenta rápidamente y cuando logra abrir los ojos ya está fuera del quirófano, no puede mover las piernas ni los brazos. Un enfermero joven, de aproximadamente 22 años se acerca y le pide que diga su nombre para saber si está consciente, ella pregunta qué horas es. Ya eran las 8:00 de la noche. 

Crónicamente enferma de los nervios.3Alexander estuvo solo dos horas desde que su mamá entró al quirófano, pero a las 8:00 de la noche, cuando llamaron al acompañante de Bertha, ya estaba toda la familia esperando noticias. Jorge, el esposo de Bertha, decide entrar primero a hablar con ella. El hospital está colapsado de personas, hay muchas camillas y él no sabe dónde está ella. 

Tres minutos y medio, tal vez un poco más, se tarda Jorge en encontrar a su esposa. Ella está temblando como si estuviera helando dentro del hospital y toma su mano. Él no pronuncia una sola palabra, solo la mira con los ojos húmedos de lágrimas, feliz de que todo salió como se esperaba. Feliz de que todo estaba bien. El nerviosismo ya había pasado. 

A Bertha le hicieron una operación de disco intervertebral en segmento posterior lumbar tras sufrir de una caída en el año 2015, donde el fuerte golpe le ocasionó una hernia discal que se convirtió en dos hernias en varios de los discos de la zona baja de la columna, por los dos años que tuvo que esperar para que le hicieran la cirugía. Hoy, 1 de marzo, está feliz en su casa con su familia y los nervios, desaparecieron. 

ACTUALIDAD

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Crónicamente enferma, de los nervios.

Por: Diego Alejandro Chaparro Acevedo 

Crónicamente enferma de los nervios.1El día anterior no había podido dormir por miedo a la muerte, la preocupación le carcomía las entrañas como si este sentimiento fuese un animal y estuviese hambriento. La falta de sueño era aún más fuerte que de costumbre y aunque estaba acompañada por su esposo, esa noche, sentía la cama tan inmensa que incluso podía compararse con un desierto, donde lo único que le hablaba era su propio miedo.  

Bertha Daza, una mujer de 48 años de edad, pecosa, de cabello castaño oscuro, ojos cafés y estatura baja, había estado esperando noticias, por más de dos años, sobre una cirugía de columna que le haría la vida mucho menos dolorosa. Eran las 3:00 de la tarde del domingo 23 de febrero cuando después de dos años de larga espera, recibió una llamada del hospital con la noticia de que estaba todo listo para la cirugía. 

Fue una noche de Domingo negro. Aunque la noticia era muy buena y tenía tanto esperando, los nervios la carcomían por dentro y el lunes no fue muy diferente. Fue un lunes de madrugada, pensando en todas las posibles complicaciones que podría haber en la intervención quirúrgica. El peligro es inminente, pero la operación puede mejorar su vida por un largo tiempo.  

Así, de esta forma, al transcurrir el resto de aquel lunes y el martes, llegó el día de la operación. Eran las 7:00 de la mañana y ella ya estaba en la sala de espera de urgencias del Hospital Cardiovascular en Soacha, esperando ser llamada. Su hijo Alexander estaba con ella, pendiente de cualquier cosa que necesitara, pero a pesar de la compañía y el ánimo de su hijo, aún se sentía nerviosa. 

Alexander sabía de su preocupación y siendo su hijo, procuró tranquilizarla inventando historias de lo que le había pasado a cada uno de los pacientes que llegaban a urgencias, eso funcionó por casi toda la mañana. La Operación estaba programada para la 1:00 de la tarde de este miércoles, ambos tenían ya entumecidos los glúteos por la incomodidad de las sillas. A las 2:45 de la tarde los llamaron, los nervios aumentaban. 

Cruzando la puerta sentían un ambiente incómodo. Había personas muy mayores pidiendo ayuda y las sillas en las que estaban no eran muy diferentes a las que estaban afuera. La incomodidad y el cansancio se notaba en las caras de los pacientes. Caminan lento y perezoso, buscando un sitio en el que se puedan sentar. Todo es color blanco, todo es enfermedad y ella seguía nerviosa. Crónicamente enferma de los nervios.2

El doctor Rivero llega rápidamente a donde estaban los dos sentados, algo no usual según las enfermeras, y le pregunta a Bertha cómo se encuentra, ella, lidiando con sus nervios le responde que está un poco nerviosa. El doctor le asegura que no hay nada de qué preocuparse y que debe prepararse. Al cabo de 30 minutos aproximadamente llegan las enfermeras y se la llevan al baño, sus rodillas tiemblan de frío. 

Ya adentro, se quita la ropa, recibe un jabón líquido de color rosado y entra a la ducha. Se encuentra con dos llaves, una con agua caliente y una con agua fría y abre las dos llaves al tiempo para intentar graduar la temperatura, pero no lo logra, así que decide ducharse con agua fría. Se pone una bata color azul y se pone su piel de gallina.  

Pasa casi un hora esperando con su hijo, rodeada de personas mayores recién operadas. El olor a mierda penetra la nariz al grado de sentir que sale de su propio aliento. Su mano está morada alrededor de donde la enfermera le coloca la intravenosa y el doctor aparece nuevamente, esta vez para aumentar su nivel de nervios pidiéndole a su hijo que se retire. Ella se siente morir. 

La operación empezó a las 4 de la tarde luego de algunas complicaciones con el medicamento que le iban a suministrar, ella se encomienda a Dios y poco a poco el “bla bla bla” de los médicos empieza a dejar de preocuparse, empieza a ver borroso y a sentirse con sueño, la enfermera le pide que cuente hasta diez, pero antes de lograrlo, la anestesia hace efecto y se queda dormida. 

El frío aumenta rápidamente y cuando logra abrir los ojos ya está fuera del quirófano, no puede mover las piernas ni los brazos. Un enfermero joven, de aproximadamente 22 años se acerca y le pide que diga su nombre para saber si está consciente, ella pregunta qué horas es. Ya eran las 8:00 de la noche. 

Crónicamente enferma de los nervios.3Alexander estuvo solo dos horas desde que su mamá entró al quirófano, pero a las 8:00 de la noche, cuando llamaron al acompañante de Bertha, ya estaba toda la familia esperando noticias. Jorge, el esposo de Bertha, decide entrar primero a hablar con ella. El hospital está colapsado de personas, hay muchas camillas y él no sabe dónde está ella. 

Tres minutos y medio, tal vez un poco más, se tarda Jorge en encontrar a su esposa. Ella está temblando como si estuviera helando dentro del hospital y toma su mano. Él no pronuncia una sola palabra, solo la mira con los ojos húmedos de lágrimas, feliz de que todo salió como se esperaba. Feliz de que todo estaba bien. El nerviosismo ya había pasado. 

A Bertha le hicieron una operación de disco intervertebral en segmento posterior lumbar tras sufrir de una caída en el año 2015, donde el fuerte golpe le ocasionó una hernia discal que se convirtió en dos hernias en varios de los discos de la zona baja de la columna, por los dos años que tuvo que esperar para que le hicieran la cirugía. Hoy, 1 de marzo, está feliz en su casa con su familia y los nervios, desaparecieron. 

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