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La coleccionista de sumisos

―Buenas tardes, Ama Claudia ―dice Mario con voz baja al entrar a la sala de práctica. Tímido, nervioso, cabizbajo y como un niño que acaba de ser regañado no es capaz de mirarla a los ojos. Él se pone de rodillas, le besa el zapato derecho, luego el izquierdo y se levanta quedando a merced de ella, quien sonríe orgullosa.

En el mundo del BDSM es conocida como Ama Claudia, Mario es su esclavo y ella afirma que “es el mejor esclavo que alguien pueda tener”. Mario tiene unos sesenta años, es de estatura media, de piel clara, delgado y está vestido de la manera más informal, como quien pasea por un barrio común de Bogotá al final de la tarde un sábado. Apenas si puede ocultar las ansias por las horas que pasará allí y la emoción que le da recibir órdenes.
―Cuénteles quien es usted ―dice Claudia con voz firme, seria y sin mirarlo.
―El esclavo de Ama Claudia ―responde.
Claudia le ordena que suba y que extienda la ropa que está en la lavadora y él obedece de inmediato.

En los dos últimos pisos de la casa vive Claudia con su familia, los dos primeros los ha designado para sus prácticas y fiestas, es allí donde llegan todo tipo de personas buscando aprender del BDSM por gusto, morbo, curiosidad o por explorar distintas emociones que poco o nada tienen que ver con lo que la mayoría de personas cree; en principio, los actos sexuales explícitos tienen muy poca importancia, pues el mayor papel lo tienen el erotismo, la sensualidad, la complicidad y la creatividad.

Claudia es una mujer de cincuenta y dos años, de mediana estatura, cabello corto y robusta. Cuando alguien llega a su casa lo saluda con una enorme sonrisa, le da la mano o un gran abrazo, le da la bienvenida y minutos más tarde suele ofrecer tinto. En las reuniones para aprender de BDSM, donde llega la gente por primera vez, se preocupa por saber quiénes son sus invitados y por qué han llegado allí y no tiene problema en aclarar las dudas que surjan las veces que sea necesario con tal de dejar claro qué es el BDSM.

Cuenta que en la adolescencia empezó a explorar su sexualidad y cuando descubrió que le gustaba el dolor solía machucarse, quemarse y le decía a su novio que le pegara durante el acto sexual. Pronto entendió qué era lo que le gustaba y que eso no era cosa de enfermos ni nada parecido; desde entonces ha dedicado su vida al placer para ella y para quienes la buscan resaltando siempre que lo más importante en el BDSM es que la práctica debe ser sana, segura y consensuada.

A los 15 años quedó embarazada de su primer hijo, más adelante tuvo dos más y nunca les ocultó sus gustos por el BDSM, al contrario, siempre ha vivido abiertamente su sexualidad y se preocupó por explicarles y enseñarles en qué consisten sus prácticas. Incluso, sus hijos intentaron probarlo pero solo su hija, la menor, lo practica y aunque no se dedica al BDSM como su madre tiene a Mario, el esclavo que la Ama Claudia le regaló a los 15 años para que le sirviera y él ya lleva 29 años entregado a la Ama Claudia; es el más antiguo y fiel de sus esclavos.

Jacqueline es el nombre con el que fue bautizada en Venezuela, su país natal y el que usó hasta los 19 años cuando se fue para Argentina a ser entrenada para convertirse en ama. Allí se entregó como sumisa bajo el nombre de Ava a su ama, Sonia, quién después la bautizó Ama Claudia y con el tiempo y más que todo por costumbre todos empezaron a llamarla Claudia y así es como se reconoce siempre, incluso cuando no está con sus sumisos.

Aunque Jacqueline asume un performance a diario tiene muy claro en qué se parece y en qué se diferencia de la Ama Claudia. Por ejemplo, afirma que son muy realistas y justas, acepta sus errores e intenta repararlos, no es una mujer que se enamore fácilmente y afirma que siempre se proyecta, no hace cosas sin planearlas, le gusta tener el control y únicamente cuando es Ama Claudia es vanidosa, altiva y orgullosa.

No tiene pareja porque considera que es difícil conseguir a alguien que se entregue y sea leal a ella, que la apoye, la ayude y la complazca. Dice que le gustaría tener un sumiso o un dominante y entregarse a él, pero no ha encontrado más que oportunistas y mantenidos que buscan un rato de placer.

La Ama Claudia es una coleccionista de sumisos, durante los últimos treinta años han llegado a ella innumerables sumisos que la buscan para entregarse a ella y servirle. El proceso lleva tiempo, se debe pasar una etapa de prueba en la que el sumiso conoce a su ama y la manera en la que ella maneja a su cuadrilla de esclavos. Si al terminar la etapa de prueba el sumiso quiere continuar se hace un contrato simbólico en el que pasa a ser propiedad de la ama, se le pone un collar y empieza la sesión de acuerdo al contrato.

Ella no busca enriquecerse con su trabajo, a sus esclavos no les cobra, de vez en cuando les pide que lleven algún implemento de aseo que haga falta en la casa o algo de comida.

Pero cuando se trata de una persona que va por primera vez a una sesión de dominación les cobra una cuota de doscientos mil pesos por una sesión de cuatro horas, ochenta mil por el lugar y ciento veinte mil por los servicios de domina.

Como toda ama tiene muy claras las reglas del BDSM y de su corporación. No practica nada con menores de edad ni ancianos enfermos, tampoco acepta personas drogadas o alcoholizadas, lo más importante es que todo debe ser consensuado y se debe velar por el placer y la seguridad de los participantes.

Dentro del octálogo de comportamiento que maneja en su corporación prima el respeto a la privacidad de los demás y a los espacios que usan, no abusar del alcohol y respetar los sumisos y prácticas de los demás. Lo más importante para la Ama Claudia es estar pendiente de la otra persona como ser y asegurarse de que está disfrutando lo que está haciendo, incluso ha expulsado gente de la corporación que no cumple con las reglas.

También tiene claro que debe haber empatía entre las dos personas para realizar una práctica efectiva y que no le pidan hacer algo que vaya más allá de sus límites como la sangre y el excremento y actualmente no tiene sexo explícito con sus sumisos, nada va más allá de besos y sodomización.

El largo recorrido en el BDSM le ha enseñado a conocer a la gente y a aprender de ellos para complacerlos, se guía a través de los movimientos, las expresiones y los gemidos para saber si lo está haciendo bien, si debe parar o cambiar de método.

A Mario, por ejemplo, suele ponerlo de rodillas a que le bese los pies, lo trata mal y le grita porque a él le gusta la humillación verbal, pública y extrema; lo escupe, lo pisa y le pide que lama el piso. Al final del día lo lleva a una habitación oscura y lo mete en una pequeña jaula de dos pisos, lo deja en el primero durmiendo sobre piedras y cuando lo quiere consentir le dice que se acueste en la parte de arriba sobre una lámina de metal cubierta con un costal. Después de tantos años juntos ya se conocen y cada año renuevan sus votos simbólicamente para definir qué tipo de prácticas van a realizar, para salir de la monotonía incluso lo ha regalado, prestado y subastado, pero es tal su fidelidad que Mario se ha convertido en un emblema para la comunidad y un ejemplo para los demás esclavos.

La Ama Claudia recuerda que entre lo más extremo que ha hecho ha sido realizar prácticas a un sacerdote católico a quién flagelaba, cuenta que en una ocasión lo suspendió y que del miedo que él tenía eyaculó sin necesidad de que ella lo tocara o lo castigara.

Sin embargo, afirma que en la actualidad no necesita ejercer como una dominatrix profesional, es una ama. Enfatiza en que la diferencia es que la dominatrix presta su servicio de domina a un sumiso que se ofrece para obtener placer, mientras que la ama es la que tiene esclavos que le pertenecen y son ellos quienes buscan complacerla.

Esta Ama no es indiferente con sus esclavos, los ve como joyas, reconoce enormemente su entrega y lo especial del acto. Siempre está pendiente de ellos, de su salud, su familia, su trabajo. Dice que de ellos no necesita dinero ni que le lleven cosas, los necesita a ellos y saber que cuenta con su apoyo porque realmente es una entrega de los dos y en algún momento se crean lazos afectivos.

Recuerda, por ejemplo, que hace uno años se disponía a ir a la misa del señor de los milagros a cumplir una promesa que había hecho, le pidió a Mario que la acompañara, pero él no quiso ir porque quería ver un partido. Así que la Ama, para castigarlo, puso el partido a un volumen muy bajo para que él no lo pudiera escuchar con claridad y lo dejó suspendido de los brazos en la cocina y antes de salir le dejó una butaca al lado para que se subiera si se cansaba.

Afirma que lo que buscaba era castigarlo por no acompañarla, pero fue ella misma quien se castigó y sufrió porque desde que salió de la casa no dejaba de pensar en que algo le podía pasar a Mario por la forma en la que lo había dejado. Por eso para ella es muy importante enfatizar en que durante el juego debe haber seguridad, deben estar todos los participantes, debe estarlos revisando y acompañándolos, debe existir una señal o una palabra de alerta para saber si algo no va bien.

La Ama Claudia sueña con poder salir a la calle con su escuadra (feminizados, con collares, amarrados, esposados) y llevarlos como perros, gateando, mientras ella va en una carroza llevada por sus yeguas, quiere poder vivirlo con libertad y aunque ha intentado retirarse varias veces no ha podido, pues sus fieles sumisos vuelven a ella una y otra vez en busca de placer. Sin embargo, ahora se proyecta viviendo en una finca en donde pueda vivir tranquila, segura y acompañada de sus sumisos.

 

Por: Andrea Carolina Tapia Godoy

ACTUALIDAD

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La coleccionista de sumisos

―Buenas tardes, Ama Claudia ―dice Mario con voz baja al entrar a la sala de práctica. Tímido, nervioso, cabizbajo y como un niño que acaba de ser regañado no es capaz de mirarla a los ojos. Él se pone de rodillas, le besa el zapato derecho, luego el izquierdo y se levanta quedando a merced de ella, quien sonríe orgullosa.

En el mundo del BDSM es conocida como Ama Claudia, Mario es su esclavo y ella afirma que “es el mejor esclavo que alguien pueda tener”. Mario tiene unos sesenta años, es de estatura media, de piel clara, delgado y está vestido de la manera más informal, como quien pasea por un barrio común de Bogotá al final de la tarde un sábado. Apenas si puede ocultar las ansias por las horas que pasará allí y la emoción que le da recibir órdenes.
―Cuénteles quien es usted ―dice Claudia con voz firme, seria y sin mirarlo.
―El esclavo de Ama Claudia ―responde.
Claudia le ordena que suba y que extienda la ropa que está en la lavadora y él obedece de inmediato.

En los dos últimos pisos de la casa vive Claudia con su familia, los dos primeros los ha designado para sus prácticas y fiestas, es allí donde llegan todo tipo de personas buscando aprender del BDSM por gusto, morbo, curiosidad o por explorar distintas emociones que poco o nada tienen que ver con lo que la mayoría de personas cree; en principio, los actos sexuales explícitos tienen muy poca importancia, pues el mayor papel lo tienen el erotismo, la sensualidad, la complicidad y la creatividad.

Claudia es una mujer de cincuenta y dos años, de mediana estatura, cabello corto y robusta. Cuando alguien llega a su casa lo saluda con una enorme sonrisa, le da la mano o un gran abrazo, le da la bienvenida y minutos más tarde suele ofrecer tinto. En las reuniones para aprender de BDSM, donde llega la gente por primera vez, se preocupa por saber quiénes son sus invitados y por qué han llegado allí y no tiene problema en aclarar las dudas que surjan las veces que sea necesario con tal de dejar claro qué es el BDSM.

Cuenta que en la adolescencia empezó a explorar su sexualidad y cuando descubrió que le gustaba el dolor solía machucarse, quemarse y le decía a su novio que le pegara durante el acto sexual. Pronto entendió qué era lo que le gustaba y que eso no era cosa de enfermos ni nada parecido; desde entonces ha dedicado su vida al placer para ella y para quienes la buscan resaltando siempre que lo más importante en el BDSM es que la práctica debe ser sana, segura y consensuada.

A los 15 años quedó embarazada de su primer hijo, más adelante tuvo dos más y nunca les ocultó sus gustos por el BDSM, al contrario, siempre ha vivido abiertamente su sexualidad y se preocupó por explicarles y enseñarles en qué consisten sus prácticas. Incluso, sus hijos intentaron probarlo pero solo su hija, la menor, lo practica y aunque no se dedica al BDSM como su madre tiene a Mario, el esclavo que la Ama Claudia le regaló a los 15 años para que le sirviera y él ya lleva 29 años entregado a la Ama Claudia; es el más antiguo y fiel de sus esclavos.

Jacqueline es el nombre con el que fue bautizada en Venezuela, su país natal y el que usó hasta los 19 años cuando se fue para Argentina a ser entrenada para convertirse en ama. Allí se entregó como sumisa bajo el nombre de Ava a su ama, Sonia, quién después la bautizó Ama Claudia y con el tiempo y más que todo por costumbre todos empezaron a llamarla Claudia y así es como se reconoce siempre, incluso cuando no está con sus sumisos.

Aunque Jacqueline asume un performance a diario tiene muy claro en qué se parece y en qué se diferencia de la Ama Claudia. Por ejemplo, afirma que son muy realistas y justas, acepta sus errores e intenta repararlos, no es una mujer que se enamore fácilmente y afirma que siempre se proyecta, no hace cosas sin planearlas, le gusta tener el control y únicamente cuando es Ama Claudia es vanidosa, altiva y orgullosa.

No tiene pareja porque considera que es difícil conseguir a alguien que se entregue y sea leal a ella, que la apoye, la ayude y la complazca. Dice que le gustaría tener un sumiso o un dominante y entregarse a él, pero no ha encontrado más que oportunistas y mantenidos que buscan un rato de placer.

La Ama Claudia es una coleccionista de sumisos, durante los últimos treinta años han llegado a ella innumerables sumisos que la buscan para entregarse a ella y servirle. El proceso lleva tiempo, se debe pasar una etapa de prueba en la que el sumiso conoce a su ama y la manera en la que ella maneja a su cuadrilla de esclavos. Si al terminar la etapa de prueba el sumiso quiere continuar se hace un contrato simbólico en el que pasa a ser propiedad de la ama, se le pone un collar y empieza la sesión de acuerdo al contrato.

Ella no busca enriquecerse con su trabajo, a sus esclavos no les cobra, de vez en cuando les pide que lleven algún implemento de aseo que haga falta en la casa o algo de comida.

Pero cuando se trata de una persona que va por primera vez a una sesión de dominación les cobra una cuota de doscientos mil pesos por una sesión de cuatro horas, ochenta mil por el lugar y ciento veinte mil por los servicios de domina.

Como toda ama tiene muy claras las reglas del BDSM y de su corporación. No practica nada con menores de edad ni ancianos enfermos, tampoco acepta personas drogadas o alcoholizadas, lo más importante es que todo debe ser consensuado y se debe velar por el placer y la seguridad de los participantes.

Dentro del octálogo de comportamiento que maneja en su corporación prima el respeto a la privacidad de los demás y a los espacios que usan, no abusar del alcohol y respetar los sumisos y prácticas de los demás. Lo más importante para la Ama Claudia es estar pendiente de la otra persona como ser y asegurarse de que está disfrutando lo que está haciendo, incluso ha expulsado gente de la corporación que no cumple con las reglas.

También tiene claro que debe haber empatía entre las dos personas para realizar una práctica efectiva y que no le pidan hacer algo que vaya más allá de sus límites como la sangre y el excremento y actualmente no tiene sexo explícito con sus sumisos, nada va más allá de besos y sodomización.

El largo recorrido en el BDSM le ha enseñado a conocer a la gente y a aprender de ellos para complacerlos, se guía a través de los movimientos, las expresiones y los gemidos para saber si lo está haciendo bien, si debe parar o cambiar de método.

A Mario, por ejemplo, suele ponerlo de rodillas a que le bese los pies, lo trata mal y le grita porque a él le gusta la humillación verbal, pública y extrema; lo escupe, lo pisa y le pide que lama el piso. Al final del día lo lleva a una habitación oscura y lo mete en una pequeña jaula de dos pisos, lo deja en el primero durmiendo sobre piedras y cuando lo quiere consentir le dice que se acueste en la parte de arriba sobre una lámina de metal cubierta con un costal. Después de tantos años juntos ya se conocen y cada año renuevan sus votos simbólicamente para definir qué tipo de prácticas van a realizar, para salir de la monotonía incluso lo ha regalado, prestado y subastado, pero es tal su fidelidad que Mario se ha convertido en un emblema para la comunidad y un ejemplo para los demás esclavos.

La Ama Claudia recuerda que entre lo más extremo que ha hecho ha sido realizar prácticas a un sacerdote católico a quién flagelaba, cuenta que en una ocasión lo suspendió y que del miedo que él tenía eyaculó sin necesidad de que ella lo tocara o lo castigara.

Sin embargo, afirma que en la actualidad no necesita ejercer como una dominatrix profesional, es una ama. Enfatiza en que la diferencia es que la dominatrix presta su servicio de domina a un sumiso que se ofrece para obtener placer, mientras que la ama es la que tiene esclavos que le pertenecen y son ellos quienes buscan complacerla.

Esta Ama no es indiferente con sus esclavos, los ve como joyas, reconoce enormemente su entrega y lo especial del acto. Siempre está pendiente de ellos, de su salud, su familia, su trabajo. Dice que de ellos no necesita dinero ni que le lleven cosas, los necesita a ellos y saber que cuenta con su apoyo porque realmente es una entrega de los dos y en algún momento se crean lazos afectivos.

Recuerda, por ejemplo, que hace uno años se disponía a ir a la misa del señor de los milagros a cumplir una promesa que había hecho, le pidió a Mario que la acompañara, pero él no quiso ir porque quería ver un partido. Así que la Ama, para castigarlo, puso el partido a un volumen muy bajo para que él no lo pudiera escuchar con claridad y lo dejó suspendido de los brazos en la cocina y antes de salir le dejó una butaca al lado para que se subiera si se cansaba.

Afirma que lo que buscaba era castigarlo por no acompañarla, pero fue ella misma quien se castigó y sufrió porque desde que salió de la casa no dejaba de pensar en que algo le podía pasar a Mario por la forma en la que lo había dejado. Por eso para ella es muy importante enfatizar en que durante el juego debe haber seguridad, deben estar todos los participantes, debe estarlos revisando y acompañándolos, debe existir una señal o una palabra de alerta para saber si algo no va bien.

La Ama Claudia sueña con poder salir a la calle con su escuadra (feminizados, con collares, amarrados, esposados) y llevarlos como perros, gateando, mientras ella va en una carroza llevada por sus yeguas, quiere poder vivirlo con libertad y aunque ha intentado retirarse varias veces no ha podido, pues sus fieles sumisos vuelven a ella una y otra vez en busca de placer. Sin embargo, ahora se proyecta viviendo en una finca en donde pueda vivir tranquila, segura y acompañada de sus sumisos.

 

Por: Andrea Carolina Tapia Godoy

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