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Las palomas que dan de comer a los vendedores ambulantes

Entre protestas, plantones, envenenamientos, vendedores ambulantes, una bruja que utiliza palomas para conseguir que las personas encuentren su alma gemela, las palomas son las habitantes perpetuas de la plaza de Bolívar, son las que han visto absolutamente todo. Y son las que les dan sustento económico a los vendedores ambulantes. ¿Qué historias tienen ellas que contarnos? Descúbrelo en este artículo de ACN.

Por Liliana Bonilla

qwertyu

Si hay unas verdaderas estrellas en la Plaza Bolívar, no son ni el Congreso, ni los políticos. Son las palomas. Día a día llegan turistas, vendedores, fotógrafos, familias y niños que alimentan y corretean a las aves. Alrededor de esto muchas personas han encontrado como opción de trabajo la venta de paquetes de maíz o arroz para alimentar a las palomas.

Mélida Ortiz trabaja en el lugar desde 1994. Nació en Duitama, pero llegó a Bogotá con su familia. Mélida cuenta que lleva mucho tiempo trabajando en el lugar y por eso hoy en día ya reconoce a las aves. “Hay dos palomas blancas que son muy finas y un día llegó una señora acá y las dejó votadas, muy seguramente se cansó de tenerlas” nos cuenta la vendedora de maíz un poco triste.

A diferencia de Mélida, otros vendedores llegan a causa de la violencia como es el caso de Carlos Andrés, que lleva once años trabajando en la plaza. Después de que le arrebataron sus tierras en el departamento del Casanare. Carlos dice que “me gusta el trabajo porque es independiente, creo que las personas quieren a las palomas y es una sana distracción”.

José llegó hace 6 meses a la plaza pero siempre ha trabajado en parques y espacios públicos. Él y Mélida llegan a la misma conclusión, cada uno con expresiones diferentes. José dice que “amontonarse uno para que otro le dé limosnas es grave” y por su parte Mélida, con voz cansada a sus setenta y pico de años, dice que “este es mi trabajo yo lo escogí, porque para el adulto mayor no hay, no nos tienen en cuenta y nos hacen sentir inútiles”.

Un aspecto que José y Mélida cuentan que es incómodo, son los conflictos entre los vendedores, pues algunos de ellos son habitantes de la calle o consumidores rehabilitados que van esporádicamente a vender maíz y por esa razón generan desconfianza en la gente. Afirma Mélida que los indigentes que se encuentran en la zona no roban, uno ya conoce a los que viven aquí y sabe cuáles son los que vienen uno o dos días y nunca vuelven.

Mélida dice que a lo largo de un año son muchas las personas que van a vender maíz, por muchas circunstancias las que ella conoce, es por necesidad y falta de empleo, allí encuentran uno que no exige horario y mucho menos hoja de vida, y a veces por interés creen que ahí ganan lo suficientemente bien, “esos son los que se van más rápido” dice Mélida. “Uno no consigue para ahorrar, pero si para comer a diario y comprar el surtidito” afirma José.

Mélida, presenció el ataque a las palomas en año 1995, donde murieron prácticamente todas las palomas de la plaza. Aún lo recuerda como si fuera ayer y dice que era un hombre en una bicicleta roja quien les echaba veneno y con los pies las golpeaba. También asegura que este hombre iba a un parque y hacía lo mismo. “No sé cómo puede haber alguien tan malo, sin sentimientos que le haga mal a los palomitos y palomitas yo las quiero, hacen parte de mi vida y cualquier cosa que les pase me duele” cuenta Mélida compungida.

El lugar también es escenario de la conservación de algunas creencias populares. Por ejemplo, los vendedores cuentan que a dos calles de ahí vive una bruja que utiliza a las palomas para practicar ritos con el fin de que las personas encuentren su alma gemela. A cambio de 200.000 pesos las personas participan de una ceremonia para conocer su destino en el amor.

La Plaza de Bolívar es reconocida por sus palomas, sus trabajadores y las personas que la visitan. Es uno de los lugares más reconocidos en la ciudad y en ella han sucedido acontecimientos que han marcado la historia nacional. La mayoría de los bogotanos y turistas han ido alguna vez a este lugar, pues hace parte de la tradición capitalina y en torno a ella se reúnen diferentes aspectos de la cultura colombiana.

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Entre protestas, plantones, envenenamientos, vendedores ambulantes, una bruja que utiliza palomas para conseguir que las personas encuentren su alma gemela, las palomas son las habitantes perpetuas de la plaza de Bolívar, son las que han visto absolutamente todo. Y son las que les dan sustento económico a los vendedores ambulantes. ¿Qué historias tienen ellas que contarnos? Descúbrelo en este artículo de ACN.

Por Liliana Bonilla

qwertyu

Si hay unas verdaderas estrellas en la Plaza Bolívar, no son ni el Congreso, ni los políticos. Son las palomas. Día a día llegan turistas, vendedores, fotógrafos, familias y niños que alimentan y corretean a las aves. Alrededor de esto muchas personas han encontrado como opción de trabajo la venta de paquetes de maíz o arroz para alimentar a las palomas.

Mélida Ortiz trabaja en el lugar desde 1994. Nació en Duitama, pero llegó a Bogotá con su familia. Mélida cuenta que lleva mucho tiempo trabajando en el lugar y por eso hoy en día ya reconoce a las aves. “Hay dos palomas blancas que son muy finas y un día llegó una señora acá y las dejó votadas, muy seguramente se cansó de tenerlas” nos cuenta la vendedora de maíz un poco triste.

A diferencia de Mélida, otros vendedores llegan a causa de la violencia como es el caso de Carlos Andrés, que lleva once años trabajando en la plaza. Después de que le arrebataron sus tierras en el departamento del Casanare. Carlos dice que “me gusta el trabajo porque es independiente, creo que las personas quieren a las palomas y es una sana distracción”.

José llegó hace 6 meses a la plaza pero siempre ha trabajado en parques y espacios públicos. Él y Mélida llegan a la misma conclusión, cada uno con expresiones diferentes. José dice que “amontonarse uno para que otro le dé limosnas es grave” y por su parte Mélida, con voz cansada a sus setenta y pico de años, dice que “este es mi trabajo yo lo escogí, porque para el adulto mayor no hay, no nos tienen en cuenta y nos hacen sentir inútiles”.

Un aspecto que José y Mélida cuentan que es incómodo, son los conflictos entre los vendedores, pues algunos de ellos son habitantes de la calle o consumidores rehabilitados que van esporádicamente a vender maíz y por esa razón generan desconfianza en la gente. Afirma Mélida que los indigentes que se encuentran en la zona no roban, uno ya conoce a los que viven aquí y sabe cuáles son los que vienen uno o dos días y nunca vuelven.

Mélida dice que a lo largo de un año son muchas las personas que van a vender maíz, por muchas circunstancias las que ella conoce, es por necesidad y falta de empleo, allí encuentran uno que no exige horario y mucho menos hoja de vida, y a veces por interés creen que ahí ganan lo suficientemente bien, “esos son los que se van más rápido” dice Mélida. “Uno no consigue para ahorrar, pero si para comer a diario y comprar el surtidito” afirma José.

Mélida, presenció el ataque a las palomas en año 1995, donde murieron prácticamente todas las palomas de la plaza. Aún lo recuerda como si fuera ayer y dice que era un hombre en una bicicleta roja quien les echaba veneno y con los pies las golpeaba. También asegura que este hombre iba a un parque y hacía lo mismo. “No sé cómo puede haber alguien tan malo, sin sentimientos que le haga mal a los palomitos y palomitas yo las quiero, hacen parte de mi vida y cualquier cosa que les pase me duele” cuenta Mélida compungida.

El lugar también es escenario de la conservación de algunas creencias populares. Por ejemplo, los vendedores cuentan que a dos calles de ahí vive una bruja que utiliza a las palomas para practicar ritos con el fin de que las personas encuentren su alma gemela. A cambio de 200.000 pesos las personas participan de una ceremonia para conocer su destino en el amor.

La Plaza de Bolívar es reconocida por sus palomas, sus trabajadores y las personas que la visitan. Es uno de los lugares más reconocidos en la ciudad y en ella han sucedido acontecimientos que han marcado la historia nacional. La mayoría de los bogotanos y turistas han ido alguna vez a este lugar, pues hace parte de la tradición capitalina y en torno a ella se reúnen diferentes aspectos de la cultura colombiana.

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