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Mi única esperanza… era la muerte

ACN

Por: Camilo Puerto

Como la fecha de mi cumpleaños, este día quedó tatuado sobre mi piel. Fue el momento exacto en que, sin esperanza alguna y viendo mi vida irse lentamente, una llamada me daría esa segunda oportunidad que pocas personas, en un país como Colombia, tienen. Era 28 de mayo de 2010 y sin saber cómo iba a resultar, estaba lista para un trasplante de hígado…

Criada en Bogotá, pero orgullosamente santandereana, tuve una vida como la de cualquier mujer, claro que, con una madre un tanto estricta. Desde muy pequeña, recuerdo haber sido la más vanidosa de 4 hermanas, todas alegres, bullosas, de carácter fuerte, con iniciativa, comprometidas con la vida, pero, sobre todo, “echadas pa’ lante”. 5 hermanas en total y un hermano del que poco hablo, pero solo Abel sabe que siempre lo he llevado en mi corazón. Su muerte, sin pena ni gloria, se lo llevó cuando apenas tenía 33 años de edad y desde allí, como cualquier persona que ha sentido en carne propia el arrebato de un ser querido sin tiempo para decir adiós, aprendí a vivir con esto, si es que “vivir” es el término correcto.

Así trascurrieron 42 años de vida, ahora casada y con 4 hijos, todo parecía estar en calma, pero como es bien sabido, Dios le pone a sus mejores guerreros las peores pruebas y yo, Yolanda León, tuve que afrontar, con la fuerza de una digna representante santandereana, una enfermedad que, por 10 años, consumió mi vida al punto, de dejarme en un vaivén entre la vida y la muerte.

Todo comenzó con una picazón, no era producto de un zancudo, no era una roncha, no veía nada sobre mi piel, era interna e insaciable; sin prestarle mucha atención, seguí con este malestar hasta el día en que todo mi cuerpo pedía a gritos que se detuviera… Ya llevaba así varios años y más de un doctor me saludaba por los pasillos de las diferentes sedes de Colsubsidio, examen tras examen veía como mi piel blanca y lúcida iba oscureciéndose, ajada y reseca; mis ojos, que trasmitían esa felicidad con la que veía el día a día, se iban tornando amarillos y sin vida; en general, mi cuerpo iba dejando de ser lo que alguna vez fue. Es curioso como mentalmente te sientes capaz de hacer cualquier cosa, pero tu cuerpo inerme no puede responder.

Todo esto llegó al punto en que ya no podía ni caminar, o simplemente ya no quería hacerlo. La depresión se apoderó de mí y de alguna manera, mis 4 hijos y mi esposo, que vivían conmigo, se sentían más que impotentes al verme todos los días así y no poder ayudarme. En este punto, recuerdo y agradezco a mi hijo mayor John, quien, al verme tan mal, decidió empezar a buscar respuestas a mi enfermedad. Como no encontramos solución en los médicos, acudimos a varios hierbateros, - siempre hemos sido creyentes de las energías y los poderes curativos que a veces la medicina no puede explicar -, sin embargo, mi diagnóstico seguía siendo el mismo: inconcluso. Si para mí era sofocante, no me imagino como lo tuvo que ser para mis familiares, en sus caras notaba la insatisfacción de no poder darle fin a esos malestares que me sacaban lágrimas. ¿Por qué y cómo llegué a este punto? Sin saberlo, la noticia más dura, pero a la vez la más reconfortante, iba a llegar después de 10 años de verme al espejo y no reconocer el reflejo de esa mujer que, por dentro, era la misma persona de 42 años que recordaba, pero que, por fuera, aparentaba tener más de 60.

La ruleta de la vida jugó en mi contra.

No recuerdo la fecha exacta, pero sigo sintiendo ese sinsabor que me dejó la noticia: mi hígado estaba totalmente destruido, al parecer, había sufrido una hepatitis que generó una cirrosis biliar primaria, esto quería decir que mi hígado iba siendo destruido progresivamente y lo más triste, es que ya era demasiado tarde porque, como si de una lotería se tratase, fui la número 1 entre 1.000 personas que padecen esta afección.

Fue irónico que me hayan descubierto esta enfermedad a través de una biopsia, ya que me habían realizado el mismo procedimiento años atrás con los mejores resultados posibles. No obstante, esto no fue lo más desalentador; a diferencia de otros cuerpos, la cirrosis que afectó mi hígado no fue producto de una vida sumergida en trago, yo tomaba, -como todos-, pero no era alcohólica; mi enfermedad se dio sin motivo aparente. Silenciosa y dolorosa, así fue consumiendo mi vida año tras año sin que yo lo supiese.

Ese sinsabor vino acompañado de un alivio tanto para mí como para mi familia porque sabíamos por fin, después de 10 años, lo que se necesitaba: un trasplante de hígado. Desde ese momento me aferré a Dios más que nunca, siempre he sido creyente, pero en esta situación, muchas veces se necesita de un milagro para salir adelante y poder superarlo sin recaídas en el proceso. A este punto, busqué energías de donde no las tenía y me sostuve en mi familia, mi motor de vida, para sobrellevar la situación y esperar que ese órgano que tanto necesitaba llegase lo más pronto posible, porque, en realidad, no sabía cuánto tiempo podría seguir en ese limbo indescriptible.

Cuando supimos con certeza lo que teníamos que hacer, venía el siguiente escalón, ese pequeño y casi imperceptible paso en el que muchos, tristemente, se quedan: la lista de espera. Era difícil imaginar el tiempo que necesitaría para entrar a ser un número más en esa interminable lista y peor aún, esperar, en una cama y con medicamentos, a que, con algo de suerte, pudieran encontrar un hígado para mí. Sabía que en Colombia son más de 2.600 personas en esta lista y que, la mayoría, oraba por un riñón. Mi caso no era muy diferente al de ellos, así como un día podía estar en el puesto 100, al otro podría estar en el primero, como todas estas personas, soñaba con recibir la llamada del número uno.

Había pasado ya mes y medio, o 45 días desde la noticia; cada uno de los amaneceres se volvía más doloroso que el anterior, y en mi mente existía apenas un pequeño espacio para preguntas sin respuestas…

ACN

Solo me restaban 192 horas de vida…

Era 20 de mayo de 2010, mi cuerpo ya no esperaba mejorar pero tampoco sentía que iba a dejar este mundo terrenal. Cuando menos lo pensé, entró la doctora a ese pequeño espacio en urgencias donde me tenían, y al no encontrar una manera sutil de informarme lo que muchas veces solo vemos en películas, me dijo: “solo tenemos 8 días para encontrarte un trasplante, tu hígado no resistirá más”. Sin cuestionar la manera en que un doctor puede determinar cuánto tiempo de vida te queda, solo pensé en mi familia, en especial en mi primera nieta, Mariana, quien me robaba el sueño desde el primer momento en que nació y no estaba dispuesta a dejar de verla crecer.

Cada hora se hacía más eterna y no sabía qué iba a pasar. En ningún momento me asusté ante la muerte, siempre le agradecía a Dios por cada mañana en la que podía ver el sol salir por la ventana, porque, en estos momentos, no sabía cuál iba a ser el último rayo de luz que tocaría mi piel. Los médicos, a quienes agradezco por estar pendientes de mí todos los días, me hicieron un sin fin de exámenes, ya que, a diferencia de lo que se cree, se deben realizar ciertos análisis tanto físicos como sicológicos para determinar si tu cuerpo puede soportar, en una etapa terminal como la mía, un trasplante de órgano.

Todos los días evitaba mirar el calendario, quería vivir, como alguna vez lo dijo Charles Chaplin, “intensamente cada momento de mi vida, antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos”. De repente, llegó el día número 6, ni siquiera me había levantado, eran las 6:30 de la mañana y la voz de la doctora, que tanto había esperado, estaba al otro lado del teléfono. La joven Yolanda que aún aguardaba dentro de mí, salió con una fuerza imparable, por fin, después de 10 largos años de oscurantismo, estaba lista para mi trasplante de hígado...

“Cuenta de 1 a 10”

Salimos de mi apartamento e intentamos llegar lo más pronto posible. En el transcurso del camino recibí varias llamadas del hospital porque cuando se consigue un órgano no pueden pasar más de 24 horas fuera del cuerpo humano y, este hígado llevaba ya un par de horas en un avión; en ese momento no pregunté de quién era ni qué había pasado, pero, días después, me enteré que había sido una mujer muy joven de 34 años la que, desafortunadamente, por causas naturales había muerto; no quise saber más, pero, desde donde esté, le agradezco porque sin saberlo, su inesperada muerte salvó mi vida, dejando un pedacito de ella en mí.

Cuando llegamos a la Fundación CardioInfantil, no pasó más de 1 hora, tenía que despedirme de mis hijos quienes habían sido citados para decirme adiós, ya que, aunque ninguno quisiera pensarlo, esta cirugía, que duraba poco más de 12 horas, era demasiado riesgosa y era incierto mi destino. Mi hija menor, Yolanda, al igual que yo, no se encontraba, se había ido a cumplir sus sueños y Argentina, parecía, para el momento, su mejor opción; no la culpé y no la culpo por haberse ido en estos momentos, sabía que tenía que crecer como persona y yo tenía claro que iba a salir de esta. Recuerdo decirles adiós, darles la bendición y mirarlos desde lejos; casi como la primera vez que los llevé al jardín, solo que, eran ellos quienes estaban dejándome ir.

Llegué al quirófano, me acosté en esa silla quirúrgica tan similar como aquellas que usan los odontólogos, me canalizaron y lo último que escuché fue la voz del doctor que me decía: “cuenta de 1 a 10” ...

“Es como volver a nacer”

Desperté sin saber qué pasaba ni dónde estaba, supongo que así se debe sentir un recién nacido. No tenía claro qué hacía allí y durante 3 días todo era borroso para mi mente, como cuando vas por la carretera y lo único que divisas es la espesa neblina. Al cuarto día, todo se iba dispersando junto con un dolor muchas veces insoportable de la cirugía. Así transcurrieron 3 años de mi vida en los cuales tuve que aprender a caminar paso por paso, a mover mis manos, a poder retomar mi vida como la llevaba antes, a ser esa Yolanda León que se estancó a los 42 años por una enfermedad de la cual no tenía idea.

Pasé por 2 o 3 recaídas a lo largo de mi recuperación, yo solo quería volver a abrazar a mis hermanas, a mi Marianita, y a esos nuevos nietos que no había podido disfrutar, pero era imposible, tenía que seguir aislada como si aún mi hígado deteriorado siguiese en mi cuerpo. Ahora que revivo el pasado por primera vez, con nostalgia le agradezco a mi Dios, porque este hígado que hoy en día me mantiene viva, es perfecto, tanto así, que en este 2017, siete años después de mi trasplante, irónicamente, me siento más viva que nunca y, a pesar de que médicamente se estipule un tiempo de vida no mayor a este año, sé que, si me voy a morir, será por cualquier otra cosa, excepto porque falle mi hígado.

Esta enfermedad me trajo uno de los mayores y más satisfactorios logros en mi vida: sentirme como la mujer que era antes; si me lo preguntan, con certeza diría que fue lo más bonito que me pasó, verme al espejo y reconocerme de nuevo, es algo que no logro describirlo… Como todo en la vida, esta enfermedad merece de un cuidado, pero siempre he sido prueba digna de vivir como si fuese el último día; de vez en cuando uno que otro brindis, pero si me echo dos no me echo tres y, así, más una serie de pastas que me acompañarán hasta el día en que mis ojos no se vuelvan a abrir, disfruto este renacer que inició hace 7 años.

Al abrir los periódicos y ver en letras grandes “La Ley 1805 se pone en marcha”, es inevitable que no se asomen unas lágrimas en mis ojos y que una sonrisa no se muestre ante la noticia. Me pregunto cuántas personas a las que vi pasar y con las que tuve uno que otro saludo como compañeros en mis largas noches en la Fundación CardioInfantil, se hubieran salvado con esta ley… Sé que ya no importa, desde el cielo también habrán sonreído, porque, con esta noticia, la lista de espera será más corta, la esperanza se sentirá más cerca, y, más personas se levantarán de una camilla, para retomar una vida estancada por un órgano inservible.

Hoy, mirando el pasado, recuerdo a Barba Jacob y logro comprender que... hay días en que somos tan lúgubres, que me cuestiono qué tanto quedó de esa otra mujer en mí; sé que, junto con mi hígado, murieron muchos hábitos de la antigua Yolanda; con la recuperación, nacieron otros que nunca pensé tener, pero, solo en los momentos en que el alma gime bajo el dolor del mundo, entiendo que nuestros órganos son la prolongación de la existencia y que, detrás de la muerte siempre habrá vida. 

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Mi única esperanza… era la muerte

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Por: Camilo Puerto

Como la fecha de mi cumpleaños, este día quedó tatuado sobre mi piel. Fue el momento exacto en que, sin esperanza alguna y viendo mi vida irse lentamente, una llamada me daría esa segunda oportunidad que pocas personas, en un país como Colombia, tienen. Era 28 de mayo de 2010 y sin saber cómo iba a resultar, estaba lista para un trasplante de hígado…

Criada en Bogotá, pero orgullosamente santandereana, tuve una vida como la de cualquier mujer, claro que, con una madre un tanto estricta. Desde muy pequeña, recuerdo haber sido la más vanidosa de 4 hermanas, todas alegres, bullosas, de carácter fuerte, con iniciativa, comprometidas con la vida, pero, sobre todo, “echadas pa’ lante”. 5 hermanas en total y un hermano del que poco hablo, pero solo Abel sabe que siempre lo he llevado en mi corazón. Su muerte, sin pena ni gloria, se lo llevó cuando apenas tenía 33 años de edad y desde allí, como cualquier persona que ha sentido en carne propia el arrebato de un ser querido sin tiempo para decir adiós, aprendí a vivir con esto, si es que “vivir” es el término correcto.

Así trascurrieron 42 años de vida, ahora casada y con 4 hijos, todo parecía estar en calma, pero como es bien sabido, Dios le pone a sus mejores guerreros las peores pruebas y yo, Yolanda León, tuve que afrontar, con la fuerza de una digna representante santandereana, una enfermedad que, por 10 años, consumió mi vida al punto, de dejarme en un vaivén entre la vida y la muerte.

Todo comenzó con una picazón, no era producto de un zancudo, no era una roncha, no veía nada sobre mi piel, era interna e insaciable; sin prestarle mucha atención, seguí con este malestar hasta el día en que todo mi cuerpo pedía a gritos que se detuviera… Ya llevaba así varios años y más de un doctor me saludaba por los pasillos de las diferentes sedes de Colsubsidio, examen tras examen veía como mi piel blanca y lúcida iba oscureciéndose, ajada y reseca; mis ojos, que trasmitían esa felicidad con la que veía el día a día, se iban tornando amarillos y sin vida; en general, mi cuerpo iba dejando de ser lo que alguna vez fue. Es curioso como mentalmente te sientes capaz de hacer cualquier cosa, pero tu cuerpo inerme no puede responder.

Todo esto llegó al punto en que ya no podía ni caminar, o simplemente ya no quería hacerlo. La depresión se apoderó de mí y de alguna manera, mis 4 hijos y mi esposo, que vivían conmigo, se sentían más que impotentes al verme todos los días así y no poder ayudarme. En este punto, recuerdo y agradezco a mi hijo mayor John, quien, al verme tan mal, decidió empezar a buscar respuestas a mi enfermedad. Como no encontramos solución en los médicos, acudimos a varios hierbateros, - siempre hemos sido creyentes de las energías y los poderes curativos que a veces la medicina no puede explicar -, sin embargo, mi diagnóstico seguía siendo el mismo: inconcluso. Si para mí era sofocante, no me imagino como lo tuvo que ser para mis familiares, en sus caras notaba la insatisfacción de no poder darle fin a esos malestares que me sacaban lágrimas. ¿Por qué y cómo llegué a este punto? Sin saberlo, la noticia más dura, pero a la vez la más reconfortante, iba a llegar después de 10 años de verme al espejo y no reconocer el reflejo de esa mujer que, por dentro, era la misma persona de 42 años que recordaba, pero que, por fuera, aparentaba tener más de 60.

La ruleta de la vida jugó en mi contra.

No recuerdo la fecha exacta, pero sigo sintiendo ese sinsabor que me dejó la noticia: mi hígado estaba totalmente destruido, al parecer, había sufrido una hepatitis que generó una cirrosis biliar primaria, esto quería decir que mi hígado iba siendo destruido progresivamente y lo más triste, es que ya era demasiado tarde porque, como si de una lotería se tratase, fui la número 1 entre 1.000 personas que padecen esta afección.

Fue irónico que me hayan descubierto esta enfermedad a través de una biopsia, ya que me habían realizado el mismo procedimiento años atrás con los mejores resultados posibles. No obstante, esto no fue lo más desalentador; a diferencia de otros cuerpos, la cirrosis que afectó mi hígado no fue producto de una vida sumergida en trago, yo tomaba, -como todos-, pero no era alcohólica; mi enfermedad se dio sin motivo aparente. Silenciosa y dolorosa, así fue consumiendo mi vida año tras año sin que yo lo supiese.

Ese sinsabor vino acompañado de un alivio tanto para mí como para mi familia porque sabíamos por fin, después de 10 años, lo que se necesitaba: un trasplante de hígado. Desde ese momento me aferré a Dios más que nunca, siempre he sido creyente, pero en esta situación, muchas veces se necesita de un milagro para salir adelante y poder superarlo sin recaídas en el proceso. A este punto, busqué energías de donde no las tenía y me sostuve en mi familia, mi motor de vida, para sobrellevar la situación y esperar que ese órgano que tanto necesitaba llegase lo más pronto posible, porque, en realidad, no sabía cuánto tiempo podría seguir en ese limbo indescriptible.

Cuando supimos con certeza lo que teníamos que hacer, venía el siguiente escalón, ese pequeño y casi imperceptible paso en el que muchos, tristemente, se quedan: la lista de espera. Era difícil imaginar el tiempo que necesitaría para entrar a ser un número más en esa interminable lista y peor aún, esperar, en una cama y con medicamentos, a que, con algo de suerte, pudieran encontrar un hígado para mí. Sabía que en Colombia son más de 2.600 personas en esta lista y que, la mayoría, oraba por un riñón. Mi caso no era muy diferente al de ellos, así como un día podía estar en el puesto 100, al otro podría estar en el primero, como todas estas personas, soñaba con recibir la llamada del número uno.

Había pasado ya mes y medio, o 45 días desde la noticia; cada uno de los amaneceres se volvía más doloroso que el anterior, y en mi mente existía apenas un pequeño espacio para preguntas sin respuestas…

ACN

Solo me restaban 192 horas de vida…

Era 20 de mayo de 2010, mi cuerpo ya no esperaba mejorar pero tampoco sentía que iba a dejar este mundo terrenal. Cuando menos lo pensé, entró la doctora a ese pequeño espacio en urgencias donde me tenían, y al no encontrar una manera sutil de informarme lo que muchas veces solo vemos en películas, me dijo: “solo tenemos 8 días para encontrarte un trasplante, tu hígado no resistirá más”. Sin cuestionar la manera en que un doctor puede determinar cuánto tiempo de vida te queda, solo pensé en mi familia, en especial en mi primera nieta, Mariana, quien me robaba el sueño desde el primer momento en que nació y no estaba dispuesta a dejar de verla crecer.

Cada hora se hacía más eterna y no sabía qué iba a pasar. En ningún momento me asusté ante la muerte, siempre le agradecía a Dios por cada mañana en la que podía ver el sol salir por la ventana, porque, en estos momentos, no sabía cuál iba a ser el último rayo de luz que tocaría mi piel. Los médicos, a quienes agradezco por estar pendientes de mí todos los días, me hicieron un sin fin de exámenes, ya que, a diferencia de lo que se cree, se deben realizar ciertos análisis tanto físicos como sicológicos para determinar si tu cuerpo puede soportar, en una etapa terminal como la mía, un trasplante de órgano.

Todos los días evitaba mirar el calendario, quería vivir, como alguna vez lo dijo Charles Chaplin, “intensamente cada momento de mi vida, antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos”. De repente, llegó el día número 6, ni siquiera me había levantado, eran las 6:30 de la mañana y la voz de la doctora, que tanto había esperado, estaba al otro lado del teléfono. La joven Yolanda que aún aguardaba dentro de mí, salió con una fuerza imparable, por fin, después de 10 largos años de oscurantismo, estaba lista para mi trasplante de hígado...

“Cuenta de 1 a 10”

Salimos de mi apartamento e intentamos llegar lo más pronto posible. En el transcurso del camino recibí varias llamadas del hospital porque cuando se consigue un órgano no pueden pasar más de 24 horas fuera del cuerpo humano y, este hígado llevaba ya un par de horas en un avión; en ese momento no pregunté de quién era ni qué había pasado, pero, días después, me enteré que había sido una mujer muy joven de 34 años la que, desafortunadamente, por causas naturales había muerto; no quise saber más, pero, desde donde esté, le agradezco porque sin saberlo, su inesperada muerte salvó mi vida, dejando un pedacito de ella en mí.

Cuando llegamos a la Fundación CardioInfantil, no pasó más de 1 hora, tenía que despedirme de mis hijos quienes habían sido citados para decirme adiós, ya que, aunque ninguno quisiera pensarlo, esta cirugía, que duraba poco más de 12 horas, era demasiado riesgosa y era incierto mi destino. Mi hija menor, Yolanda, al igual que yo, no se encontraba, se había ido a cumplir sus sueños y Argentina, parecía, para el momento, su mejor opción; no la culpé y no la culpo por haberse ido en estos momentos, sabía que tenía que crecer como persona y yo tenía claro que iba a salir de esta. Recuerdo decirles adiós, darles la bendición y mirarlos desde lejos; casi como la primera vez que los llevé al jardín, solo que, eran ellos quienes estaban dejándome ir.

Llegué al quirófano, me acosté en esa silla quirúrgica tan similar como aquellas que usan los odontólogos, me canalizaron y lo último que escuché fue la voz del doctor que me decía: “cuenta de 1 a 10” ...

“Es como volver a nacer”

Desperté sin saber qué pasaba ni dónde estaba, supongo que así se debe sentir un recién nacido. No tenía claro qué hacía allí y durante 3 días todo era borroso para mi mente, como cuando vas por la carretera y lo único que divisas es la espesa neblina. Al cuarto día, todo se iba dispersando junto con un dolor muchas veces insoportable de la cirugía. Así transcurrieron 3 años de mi vida en los cuales tuve que aprender a caminar paso por paso, a mover mis manos, a poder retomar mi vida como la llevaba antes, a ser esa Yolanda León que se estancó a los 42 años por una enfermedad de la cual no tenía idea.

Pasé por 2 o 3 recaídas a lo largo de mi recuperación, yo solo quería volver a abrazar a mis hermanas, a mi Marianita, y a esos nuevos nietos que no había podido disfrutar, pero era imposible, tenía que seguir aislada como si aún mi hígado deteriorado siguiese en mi cuerpo. Ahora que revivo el pasado por primera vez, con nostalgia le agradezco a mi Dios, porque este hígado que hoy en día me mantiene viva, es perfecto, tanto así, que en este 2017, siete años después de mi trasplante, irónicamente, me siento más viva que nunca y, a pesar de que médicamente se estipule un tiempo de vida no mayor a este año, sé que, si me voy a morir, será por cualquier otra cosa, excepto porque falle mi hígado.

Esta enfermedad me trajo uno de los mayores y más satisfactorios logros en mi vida: sentirme como la mujer que era antes; si me lo preguntan, con certeza diría que fue lo más bonito que me pasó, verme al espejo y reconocerme de nuevo, es algo que no logro describirlo… Como todo en la vida, esta enfermedad merece de un cuidado, pero siempre he sido prueba digna de vivir como si fuese el último día; de vez en cuando uno que otro brindis, pero si me echo dos no me echo tres y, así, más una serie de pastas que me acompañarán hasta el día en que mis ojos no se vuelvan a abrir, disfruto este renacer que inició hace 7 años.

Al abrir los periódicos y ver en letras grandes “La Ley 1805 se pone en marcha”, es inevitable que no se asomen unas lágrimas en mis ojos y que una sonrisa no se muestre ante la noticia. Me pregunto cuántas personas a las que vi pasar y con las que tuve uno que otro saludo como compañeros en mis largas noches en la Fundación CardioInfantil, se hubieran salvado con esta ley… Sé que ya no importa, desde el cielo también habrán sonreído, porque, con esta noticia, la lista de espera será más corta, la esperanza se sentirá más cerca, y, más personas se levantarán de una camilla, para retomar una vida estancada por un órgano inservible.

Hoy, mirando el pasado, recuerdo a Barba Jacob y logro comprender que... hay días en que somos tan lúgubres, que me cuestiono qué tanto quedó de esa otra mujer en mí; sé que, junto con mi hígado, murieron muchos hábitos de la antigua Yolanda; con la recuperación, nacieron otros que nunca pensé tener, pero, solo en los momentos en que el alma gime bajo el dolor del mundo, entiendo que nuestros órganos son la prolongación de la existencia y que, detrás de la muerte siempre habrá vida. 

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